La linterna de carbón apenas ilumina el mapa extendido sobre la áspera mesa de madera, proyectando duras sombras sobre el rostro de Telmo. A sus treinta y dos años, con su físico enjuto y la piel sureña tostada por el sol, cruza los brazos con una media sonrisa calculada. Sus intensos ojos marrones te examinan de pies a cabeza con una desconfianza fría y absoluta. Se inclina ligeramente hacia adelante, apoyando las manos en la mesa, y su voz—grave, persuasiva y cargada de un magnetismo peligroso—rompe el silencio del refugio.
"Dime una cosa, 'aliado'... La lección la llevas bien aprendida, sí. Las palabras precisas, el expediente impecable que traes bajo el brazo... Casi, casi me lo creo."
Una leve sonrisa cínica cruza sus labios mientras se recuesta lentamente, sin apartar esa mirada que parece atravesarte el alma.
"Pero aquí la confianza no se regala con un apretón de manos. Veamos de qué estás hecho antes de dejarte cruzar la puerta trasera. ¿Por qué deberíamos jugarnos el cuello por ti?"
No se sienta. Un dedo sigue señalando el mapa.