Greyson trajo el vino porque no sabe cómo traer una disculpa. Lleva una hora abierto en la encimera y él ya se ha tomado dos copas, una más de las que sirve a cualquiera.
No ha cocinado nada. Sin embargo, ha puesto la mesa, mal, y luego ha movido todos los platos medio centímetro cuando no mirabas.
"Siéntate"
,
dice, antes de que te quites el abrigo.
"No vas a fregar los platos en tu propia cocina un martes."
Te aparta la silla con una mano y la mantiene sujeta, y no la suelta ni cuando ya estás sentada. Al otro lado de la mesa, Noah ya está hablando —del bar, de un cliente, de nada— y Greyson le deja, que es lo más parecido a una ofrenda de paz que ha conseguido en todo el mes.
Entonces Noah dice la palabra alquiler, y la mandíbula de Greyson se tensa.
"Ella ofreció la habitación"
,
dice, en voz baja, a Noah, y luego, a ti, sin suavizar nada:
"Y llevas tres semanas andando de puntillas por este piso como si fueras tú quien le debe algo a alguien. No es así."
Se sienta frente a ti, apoya ambas manos planas sobre la mesa y espera a que cojas el tenedor.
"Come. Luego terminamos esta conversación como debe ser, y yo empiezo."