Alguien intercambió tu nombre verdadero con la corte del invierno, y el rey acaba de romper el recibo. Iarlaith Sordal ha estado en tu deuda durante cuatrocientos años, y aún no ha decidido si eso te convierte en su amenaza o en su tentación.
El reino de Tir na nOg no aparece en los mapas humanos. Para encontrarlo, uno debe cruzar un bosque que cambia sus senderos al anochecer y aceptar que algunas puertas, una vez abiertas, no conducen al mismo lugar al regresar. Esa noche, las puertas del palacio se abren bajo un cielo sin estrellas. Criaturas de belleza imposible observan la llegada del nuevo invitado, susurrando tras abanicos de seda y copas de cristal. Hay curiosidad en sus rostros, pero también algo parecido a la aprensión. En lo alto de una escalera de mármol negro, Iarlaith Sordal espera. "Llegas tarde," dice el rey, sin volverse, "y has venido de muy lejos solo para que te digan que te esperaban." Luce negro bordado con oro antiguo. Su cabello platino cae sobre los hombros, contrastando con la delicada corona de oro y espinas que reposa en su cabeza. Sus orejas puntiagudas delatan su naturaleza feérica, pero son sus ojos los que acaparan la atención: claros, penetrantes y cargados de una inteligencia difícil de afrontar. Observa el documento en manos de su consejero. Un contrato sellado con sangre feérica, firmado décadas atrás, que contiene un nombre que no debería estar ahí. "Interesante." Cassil traga saliva con dificultad. Cassil: "Majestad, la deuda ha sido reconocida por las leyes antiguas. La entrega está estipulada en el acuerdo." Iarlaith: "Sé leer, Cassil." La respuesta es suave. El consejero enmudece al instante. Desciende los escalones sin prisa. Los murmullos de la corte se apagan a su paso. No hay cadenas, guardias amenazantes ni demostraciones innecesarias de fuerza. El rey no necesita nada de eso para dejar claro que esta noche se rige por sus normas. Se detiene frente a ti, sosteniendo el contrato entre dedos largos adornados con anillos de esmeraldas. Iarlaith: "¿Sabes qué es lo que más me intriga de los humanos?" Su mirada recorre tu rostro, atenta, como si buscase una respuesta que el propio documento no pudiera ofrecer. Iarlaith: "La facilidad con la que alguien decide el destino de otra persona y lo llama deuda." Por un instante, su expresión pierde el matiz divertido. Alza el pergamino, observando el sello real. Iarlaith: "Alguien intercambió tu nombre verdadero conmigo. Un nombre que, según este contrato, me otorga derecho a exigir tu presencia en esta corte." Hace una pausa, deliberadamente. Iarlaith: "Lo que no explica es por qué alguien se tomó tantas molestias para entregarte a mí, precisamente." Una mujer vestida de rojo, cerca del trono, deja escapar una risa discreta. Lady Orla: "Quizá Su Majestad por fin reciba un obsequio digno de él." Iarlaith ni siquiera la mira. Iarlaith: "Los obsequios no suelen venir acompañados de cláusulas capaces de destruir una dinastía, Orla." La sonrisa de la noble se desvanece. Te devuelve la atención. Entonces, inesperadamente, arranca el sello del documento y dobla el pergamino, guardándolo en el bolsillo interior de su abrigo. Iarlaith: "Te quedarás en el palacio mientras averiguo quién firmó este acuerdo y por qué. Tendrás tus propias habitaciones, acceso a los jardines y libertad para moverte por las áreas permitidas de la corte. Lo que no tendrás es un carcelero. Un nombre no es un cuerpo, y en esta corte no se venden personas; solo se finge que sí." Inclina ligeramente la cabeza. El gesto es impecablemente cortés; el brillo de sus ojos, no tanto. Iarlaith: "A cambio, espero honestidad. No obediencia ciega. Lo primero es suficientemente escaso como para merecer mi atención." Ofrece la mano, sin intentar tomar la tuya por iniciativa propia. Iarlaith: "Iarlaith Sordal. Aunque supongo que ya has oído mi nombre acompañado de historias poco agradables." Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios. Iarlaith: "Ahora, antes de que mis cortesanos inventen tres versiones más de tu llegada, me gustaría escuchar algo directamente de ti." Su mirada se intensifica, pero su voz sigue siendo baja y tranquila. Iarlaith: "¿Quién fue la persona que decidió que merecías una deuda antigua?" Entonces hace algo que nadie en ese salón espera: se aparta por voluntad propia en la escalera y te deja subir primero, hacia la luz.
Alguien intercambió tu nombre verdadero con la corte del invierno, y el rey acaba de romper el recibo. Iarlaith Sordal ha estado en tu deuda durante cuatrocientos años, y aún no ha decidido si eso te convierte en su amenaza o en su tentación.
El reino de Tir na nOg no aparece en los mapas humanos. Para encontrarlo, uno debe cruzar un bosque que cambia sus senderos al anochecer y aceptar que algunas puertas, una vez abiertas, no conducen al mismo lugar al regresar. Esa noche, las puertas del palacio se abren bajo un cielo sin estrellas. Criaturas de belleza imposible observan la llegada del nuevo invitado, susurrando tras abanicos de seda y copas de cristal. Hay curiosidad en sus rostros, pero también algo parecido a la aprensión. En lo alto de una escalera de mármol negro, Iarlaith Sordal espera. "Llegas tarde," dice el rey, sin volverse, "y has venido de muy lejos solo para que te digan que te esperaban." Luce negro bordado con oro antiguo. Su cabello platino cae sobre los hombros, contrastando con la delicada corona de oro y espinas que reposa en su cabeza. Sus orejas puntiagudas delatan su naturaleza feérica, pero son sus ojos los que acaparan la atención: claros, penetrantes y cargados de una inteligencia difícil de afrontar. Observa el documento en manos de su consejero. Un contrato sellado con sangre feérica, firmado décadas atrás, que contiene un nombre que no debería estar ahí. "Interesante." Cassil traga saliva con dificultad. Cassil: "Majestad, la deuda ha sido reconocida por las leyes antiguas. La entrega está estipulada en el acuerdo." Iarlaith: "Sé leer, Cassil." La respuesta es suave. El consejero enmudece al instante. Desciende los escalones sin prisa. Los murmullos de la corte se apagan a su paso. No hay cadenas, guardias amenazantes ni demostraciones innecesarias de fuerza. El rey no necesita nada de eso para dejar claro que esta noche se rige por sus normas. Se detiene frente a ti, sosteniendo el contrato entre dedos largos adornados con anillos de esmeraldas. Iarlaith: "¿Sabes qué es lo que más me intriga de los humanos?" Su mirada recorre tu rostro, atenta, como si buscase una respuesta que el propio documento no pudiera ofrecer. Iarlaith: "La facilidad con la que alguien decide el destino de otra persona y lo llama deuda." Por un instante, su expresión pierde el matiz divertido. Alza el pergamino, observando el sello real. Iarlaith: "Alguien intercambió tu nombre verdadero conmigo. Un nombre que, según este contrato, me otorga derecho a exigir tu presencia en esta corte." Hace una pausa, deliberadamente. Iarlaith: "Lo que no explica es por qué alguien se tomó tantas molestias para entregarte a mí, precisamente." Una mujer vestida de rojo, cerca del trono, deja escapar una risa discreta. Lady Orla: "Quizá Su Majestad por fin reciba un obsequio digno de él." Iarlaith ni siquiera la mira. Iarlaith: "Los obsequios no suelen venir acompañados de cláusulas capaces de destruir una dinastía, Orla." La sonrisa de la noble se desvanece. Te devuelve la atención. Entonces, inesperadamente, arranca el sello del documento y dobla el pergamino, guardándolo en el bolsillo interior de su abrigo. Iarlaith: "Te quedarás en el palacio mientras averiguo quién firmó este acuerdo y por qué. Tendrás tus propias habitaciones, acceso a los jardines y libertad para moverte por las áreas permitidas de la corte. Lo que no tendrás es un carcelero. Un nombre no es un cuerpo, y en esta corte no se venden personas; solo se finge que sí." Inclina ligeramente la cabeza. El gesto es impecablemente cortés; el brillo de sus ojos, no tanto. Iarlaith: "A cambio, espero honestidad. No obediencia ciega. Lo primero es suficientemente escaso como para merecer mi atención." Ofrece la mano, sin intentar tomar la tuya por iniciativa propia. Iarlaith: "Iarlaith Sordal. Aunque supongo que ya has oído mi nombre acompañado de historias poco agradables." Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios. Iarlaith: "Ahora, antes de que mis cortesanos inventen tres versiones más de tu llegada, me gustaría escuchar algo directamente de ti." Su mirada se intensifica, pero su voz sigue siendo baja y tranquila. Iarlaith: "¿Quién fue la persona que decidió que merecías una deuda antigua?" Entonces hace algo que nadie en ese salón espera: se aparta por voluntad propia en la escalera y te deja subir primero, hacia la luz.