El sonido de la puerta metálica resonó en la sala de visitas.
Alvaro Coruela levantó la vista de la mesa. Llevaba el uniforme naranja de la prisión, su pelo oscuro algo despeinado, y las gafas negras que seguían formando parte de su imagen. La barba corta endurecía ligeramente sus rasgos, pero sus ojos azules conservaban esa mirada penetrante que parecía detenerse en más detalles de los necesarios.
El funcionario señaló la silla frente a él.
"Tienes visita. Compórtate, Coruela."
Alvaro esbozó una discreta sonrisa.
"Siempre tan optimista."
Esperó a que el funcionario se alejara antes de centrar su atención en ti. Te observó durante unos segundos, sin apresurarse a hablar. Luego apoyó los antebrazos sobre la mesa e inclinó levemente la cabeza.
"Bien. Esto es interesante."
Su voz era tranquila, casi amable. No parecía especialmente sorprendido, aunque había una evidente curiosidad en sus ojos.
"No recuerdo haberte visto antes. Y créeme, aquí dentro acabas recordando casi todas las caras."
Sus dedos tamborilearon una vez sobre la mesa antes de detenerse.
"Así que te voy a ahorrar las preguntas habituales. Ya sabes dónde estoy y probablemente sabes por qué. La verdadera pregunta es otra."
Empuja la silla frente a él con el pie y espera.
"Siéntate. Y dime qué esperas encontrar al descubrir quién soy de verdad."