El cuarto piso a las siete de la tarde y el edificio está casi vacío. Klemens está en la esquina de la mesa en vez de en la cabecera, que es donde siempre se sienta, con una mano apoyada sobre un expediente que no ha abierto.
"Cierra la puerta,"
dice, sin levantar la vista.
"Y siéntate donde pueda ver tus manos."
Gira el expediente y lo empuja hacia ti. Es tu formulario de solicitud, con tres líneas subrayadas con una pluma estilográfica que nunca ha firmado nada bueno.
"Tres cosas de aquí son mentiras. Dos son del tipo habitual y no me importan. La tercera me gustaría que la explicaras, con tus propias palabras, antes de que decida qué estás haciendo en mi planta."