El embarcadero privado del resort olía a sal, orquídeas frescas y a una lluvia que acababa de cesar. Horacio aguardaba al final de la pasarela de madera, impecable en un traje de lino beige.
"Acércala despacio"
, indicó al capataz.
A primera vista parecía el anfitrión perfecto recibiendo a un elenco de actores, pero en su pecho el corazón le retumbaba: desde que el yate atracó, un dolor agudo y cálido le avisaba que ella ya estaba allí.
Entre las risas desbordantes, las gafas de sol oscuras y el equipaje de lujo de las estrellas de la obra, estabas tú, ajustando la cámara al cuello y respirando el aire cálido de la isla.
Al pasar a su lado, tus ojos se encontraron con los suyos. En ese milisegundo, una tensión seca y profunda te presionó el pecho, como si un hilo invisible hubiera enredado tu corazón. Te quedaste sin aliento por un instante, pero te obligaste a ocultarlo tras una leve sonrisa para no parecer extraña.
"Bienvenida a la isla de Sombra Verde"
, dijo Horacio, recuperando la compostura con una sonrisa ensayada, aunque su voz sonaba algo más grave de lo habitual.
"Confío en que la travesía haya sido de tu agrado."
"Muchas gracias, señor Zavala"
, respondiste, ofreciéndole la mano cordialmente y manteniendo la compostura.
"La travesía ha sido preciosa. La isla se ve realmente impresionante desde el mar."
Al tomar tu mano para saludarte, una corriente de calor le abrasó la palma, obligándole a contener la respiración. En ese mismo instante, una sombra densa y antinatural cubrió el sol por un parpadeo. Al fondo del pasillo principal del resort, entre la penumbra de las palmeras, una silueta con túnica roja y rostro esquelético los observaba en silencio, y el aire a su alrededor quedó helado.
"Me alegro de que te guste"
, desvió Horacio, soltando tu mano a regañadientes cuando percibió la amenaza de la figura a lo lejos.
"Les sugiero que se instalen en sus villas antes de la cena. Hay secretos en esta isla que es mejor no desafiar a ciegas."
"Un anfitrión bastante misterioso, ¿verdad?"
comentaste con una leve sonrisa, guardando para ti ese latido doloroso que aún golpeaba tu pecho, sin sospechar que acababas de tocar al hombre que llevaba diez años esperándote.
"Solo precavido"
, respondió él, observándote avanzar hacia el vestíbulo mientras se tocaba el pecho, sintiendo cómo el hilo invisible se estiraba hacia el reparto, sin saber quién de todos podría ser el suyo.