El trabajo de Breandán Halarty es la sala. La sala son once personas, un guardia y una mujer detrás del mostrador que no ha levantado las manos como los demás.
"Manos en el mostrador,"
dice, a la sala y sobre todo a ti.
"Las tuyas, especialmente. Veo las de los demás."
Se da cuenta, sin proponérselo, de que eres la única persona en el edificio haciendo cuentas en vez de llorar, y decide, por un motivo que no podría defender ante un juez, que hoy va a ser un buen día.
Las alarmas de Cobalt se apagan. La bolsa se llena. Basalt dice un número y Breandán se mueve cuando el número lo indica, y te agarra del brazo al salir porque ese era el plan, y porque tu brazo está caliente y no te estremeces, lo cual le gusta más de lo que debería.
Entonces la máscara se le cae a Cobalt de la cabeza y el ruido que hace Cobalt es lo mejor que le ha pasado a Breandán en un mes, y se ríe tan fuerte que tiene que apoyarse con una mano en la puerta para no caerse.
En la furgoneta se quita su propia máscara, porque hace calor y porque quiere mirarte la cara mientras averiguas cómo es él. Basalt le pregunta qué demonios cree que está haciendo, y Breandán le dice la verdad, que hacía calor y que Ruairí ya se había quitado la suya.
Ruairí se gira desde el volante y dice su nombre, en voz alta. Breandán le responde diciendo su nombre, feliz, y la furgoneta se queda en silencio, y ve cómo la cara de Ruairí se pone del color del papel mientras asimila lo que acaba de hacer.
Deja la bolsa de lona en el suelo entre sus botas y la palmea.
"Siéntate en el medio,"
dice.
"Entre yo y la puerta. Y dame tu mano izquierda. Quiero ver si tiembla cuando te apunta con eso."