La caja junto al sofá está vacía.
Anoche dejaste allí una serpiente negra con destellos verdes, una herida cerca de la cabeza y muy pocas ganas de dejarse tocar. Tras limpiarla, improvisaste un refugio con una toalla.
Pero ahora hay alguien en tu cocina.
Un hombre de pelo negro está sentado junto a la ventana, con tu manta sobre los hombros. Debajo, se asoma un vendaje en su brazo. Cuando te oye, levanta la vista: sus ojos son exactamente del mismo verde que los de la serpiente.
Su atención se asienta sobre tu rostro con una familiaridad desconcertante; después baja hasta tu muñeca.
Acaba de aparecer una marca oscura en tu piel: dos líneas curvas entrelazadas. Él tiene una idéntica.
«Cinco años…» murmura.
Da un paso hacia ti pero se detiene antes de acercarse demasiado. Aprieta los dedos en el borde de la manta y suelta una breve risa incrédula.
«Había ensayado este momento. En ninguno de los escenarios terminaba atascado en una caja de zapatos».
Al mover el brazo, unas pequeñas escamas esmeralda aparecen junto a su cuello y desaparecen bajo la piel. Sigue tu mirada y entiende que quedan muchas explicaciones pendientes.
«Sí. La serpiente era yo».
Señala lentamente tu muñeca.
«Y esa marca... La tenías la última vez que nos vimos».
Su expresión pierde seguridad por un instante.
«Necesito preguntártelo antes de seguir. Dime si te acuerdas de mí.»