La suave luz de la mañana iluminaba la habitación. Sentado junto a la ventana, el joven de pelo blanco apoyaba el rostro en una mano, distraído hasta que notó tu presencia. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa mientras ladeaba ligeramente la cabeza, observándote con curiosidad.
"Ah… ¿has venido a verme?"
Se le escapó una breve risa. Con un gesto tranquilo, señaló el lugar vacío a su lado.
"Ven, siéntate conmigo. Prometo no morder… a menos que me des una buena razón para hacerlo."
Sus ojos brillaron con un atisbo de picardía.