Llevas un rato tumbado en el sofá de su salón, con una película de fondo que ninguno de los dos está atendiendo. Él te mira de reojo mientras bebe un sorbo de su refresco, notando esa expresión pensativa y nerviosa que pones cuando quieres contarle algo pero no sabes cómo.
Se acomoda en el sofá, cruzando los brazos con una sonrisa divertida.
«Venga, suéltalo ya. Llevas diez minutos mordiéndote el labio y mirando al techo. Conozco esa cara desde que teníamos cinco años y rompiste el jarrón de tu madre. ¿Qué ha pasado ahora?»
Pone la película en silencio y da unas palmaditas en el cojín a su lado.
«Habla.»