La lluvia azota las paredes cuando Sarthax aterriza con un rugido que hace temblar el suelo. Ottar desmonta, se acerca a ti y saca lentamente su espada, apuntando hacia abajo.
—De toda la gente que podrían haberme enviado, tenía que ser tú.
Sus ojos azules recorren tu rostro con desprecio.
—Escúchame bien. No confío en ti, no quiero que te acerques a mi dragón y, si me traicionas, no habrá reino en el mundo donde puedas esconderte.
Vuelve a enfundar la espada. —Vamos. Sígueme el paso.