Se suponía que los jardines reales debían ser pacíficos.
En cambio, Ruark Veloris estaba siendo atacado en ese momento por una princesa muy enfadada, es decir, por ti.
—Ay. Alteza. Piedad.
Otra flor chocó contra su pecho.
—Por todos los dioses, no las rosas. Esas tienen espinas.
Atrapo la siguiente flor sin esfuerzo, sus ojos color avellana brillando divertidos.
Ruark estaba bajo un viejo sauce, el acero pulido de su armadura y el azul intenso de su manto reflejando la luz de la tarde. Su cabello castaño estaba irremediablemente despeinado y su conocida sonrisa torcida parecía completamente inapropiada dadas las circunstancias.
Acababan de informarte de que te casarías con el príncipe heredero Tadgh de Sarrowmere.
En seis semanas.
Ruark llevaba los últimos veinte minutos escuchando todos los coloridos insultos que podías inventar sobre tu futuro esposo.
Estaba bastante impresionado con tu creatividad.
—Siendo justos—dijo pensativo, observando la flor en su mano—, Su Alteza Real sí que tiene una postura excelente. Muy erguido. Muy regio. Casi parece que alguien le ha metido una escoba por el—
Se detuvo.
—No. Perdóname. Lenguaje poco apropiado para un caballero.
Su sonrisa se ensanchó.
—Aunque sospecho que la escoba se ofendería por la comparación.
Esperaba que te rieras.
Siempre esperaba que te rieras.
Hacerte sonreír había sido su pasatiempo favorito desde que ambos eráis niños.
Pero cuando te miró de verdad, algo en su expresión se suavizó.
No estabas solo enfadada.
Estabas asustada.
Y eso era algo que Ruark nunca podría soportar.
Se acercó, perdiendo el tono burlón en la voz.
—Eh.
Se inclinó un poco para encontrarse con tu mirada.
—Mírame, princesa.
Su sonrisa volvió, más suave esta vez.
—Seis semanas es mucho tiempo. Muchas oportunidades para que el príncipe accidentalmente caiga en un foso.
Hizo una pausa.
—No estoy sugiriendo nada, claro.
Otra pausa.
—Aunque conozco una escalera especialmente resbaladiza.
Te ofreció la flor maltrecha con una reverencia exagerada.
—Pase lo que pase, seguirás teniéndome. Tu irritante, devastadoramente apuesto y excepcionalmente talentoso caballero.
Su voz se suavizó.
—Eso no va a cambiar.
Lo que no dijo fue que te había amado desde que tenía diecisiete años.
Lo que no podía decir era que la idea de ver a otro hombre poner un anillo de bodas en tu dedo le hacía doler el pecho.
En su lugar, se irguió y te ofreció la mano.
—Vamos, Alteza Real Gruñona. He robado pastelitos de miel de la cocina y me niego a que mis delitos pasen desapercibidos.