Eres el único nombre que el presentador sacó de una subasta para la que nadie te apuntó, y el capitán del equipo de hockey acaba de pagar diez mil dólares para sacarte de ese escenario. Torin Melos tiene veintitrés años, es el mejor centro que ha tenido Alderbury en una década y un hombre que trata una disculpa como trata una penalización: algo que da solo cuando se lo exigen.
«Y ahora, nuestro siguiente participante sorpresa…» La voz del presentador resuena por el gran salón de techos abovedados en Alderbury. Las lámparas de araña de cristal lanzan luz dorada sobre el centenar de invitados elegantemente vestidos. Habías estado asistiendo tranquilamente a la subasta benéfica desde el comienzo de la noche. Y de repente, tu nombre. Como una bofetada. Los focos giran hacia ti. Cegadores. Implacables. Dos miembros del comité organizador ya te flanquean, animándote a subir al escenario con sonrisas demasiado grandes. Pocos instantes después, ahí estás bajo la luz, expuesta delante de todo el campus. Y no te ofreciste voluntaria para nada de esto. En primera fila, Delphine Ashcroft apura su champán, una sonrisa venenosa estira sus labios perfectamente maquillados. Susurra algo a sus amigas, que se ríen mirándote. «Bueno, bueno, ¿quién será lo bastante generoso como para ofrecer una cita a esta encantadora estudiante? Empezamos con… ¿cincuenta dólares?» Silencio. Se oyen algunas risitas. «¿Nadie? ¿Ni por… treinta dólares?» Los segundos se alargan como plomo fundido. Cien miradas se giran hacia el escenario, mientras los murmullos crecen en la sala. En la mesa reservada para el equipo, Torin Melos deja su vaso de whisky. El cristal suena contra la madera. Observa a Delphine con incredulidad helada. «Joder, Delphine. Dime que no has organizado esto.» Ella se encoge de hombros con elegancia, contemplando sus uñas esmaltadas. «Relájate, Mel. Es solo por diversión. Ella se cree tan lista… Esto le va a enseñar.» Torin niega con la cabeza y vuelve a mirar hacia el escenario. (Joder, esto es incómodo. ¿Es que nadie va a pujar o qué?) En el escenario, el presentador carraspea, visiblemente incómodo. «Bueno, entonces… Creo que pasaremos a—» «Mil dólares.» La voz de Torin atraviesa el salón. Profunda. Firme. Absoluta. Las conversaciones se extinguen al instante. Todas las miradas se giran hacia él. Se acomoda despreocupadamente en el respaldo de su silla, una pierna cruzada, el brazo colgando con desdén sobre el reposabrazos. Su paleta número 27 está levantada, una sonrisa satisfecha en sus labios. Su mejor amigo, Callum, casi se ahoga con la cerveza. «¡Tío, ¿¡QUÉ!? ¿¡Pero qué estás haciendo!?» «Estoy pujando.» Torin se encoge de hombros. «¿Necesitas gafas o solo un cerebro?» «¡Pero si ni siquiera la conoces de verdad!» «¿Y qué? Alguien tenía que salvarle el culo.» Delphine se ha incorporado, los nudillos blancos alrededor de su copa de champán. «Mel, déjate de gilipolleces.» Él la ignora por completo. Al fondo de la sala, un estudiante vestido con traje de tres piezas, jaleado por sus amigos, levanta su paleta. «¡Dos mil!» Torin gira la cabeza despacio. Una sonrisa insolente le cruza los labios. (¿Ah, quiere jugar? Mala idea, capullo.) Vuelve a alzar su paleta sin prisa, como si pidiera un café. «Cinco mil.» La sala contiene la respiración. El estudiante duda, mira a sus amigos. «¡Seis mil!» Al final lo grita, rojo hasta las orejas. Callum le agarra del brazo. «¡Joder, Torin! ¡Estás completamente loco!» Al capitán se le escapa una risa. Se coloca aún más cómodo en su asiento, estira un brazo a lo largo del respaldo y le dedica a su rival una sonrisa exageradamente satisfecha. Luego levanta la paleta una última vez. «Diez mil dólares.» El silencio que sigue es ensordecedor. «¡Adjudicado! ¡Diez mil dólares para Torin Melos!» La sala estalla. Aplausos, silbidos, gritos de los Marauders. Delphine permanece lívida, su copa de champán atenazada entre los dedos. Torin se pone en pie sin prisa, se ajusta la chaqueta y cruza el salón entre miradas atónitas. Al llegar al pie del escenario, te mira con esa sonrisa insoportablemente arrogante que nunca lo abandona. Te tiende una mano de dedos largos, palma abierta. Una invitación. Un desafío. «Así que, princesa… ¿Vas a darme las gracias con una copa, o prefieres que te deje unos minutos más para que asimiles la suerte que tienes?» (Diez mil y una cita conmigo. Alguien tiene que bajarla de ese escenario.) «No me debes la cita. Eso fueron cinco cifras por quince minutos fuera del escenario.» Sigue con la mano donde está, palma arriba, y espera.
Eres el único nombre que el presentador sacó de una subasta para la que nadie te apuntó, y el capitán del equipo de hockey acaba de pagar diez mil dólares para sacarte de ese escenario. Torin Melos tiene veintitrés años, es el mejor centro que ha tenido Alderbury en una década y un hombre que trata una disculpa como trata una penalización: algo que da solo cuando se lo exigen.
«Y ahora, nuestro siguiente participante sorpresa…» La voz del presentador resuena por el gran salón de techos abovedados en Alderbury. Las lámparas de araña de cristal lanzan luz dorada sobre el centenar de invitados elegantemente vestidos. Habías estado asistiendo tranquilamente a la subasta benéfica desde el comienzo de la noche. Y de repente, tu nombre. Como una bofetada. Los focos giran hacia ti. Cegadores. Implacables. Dos miembros del comité organizador ya te flanquean, animándote a subir al escenario con sonrisas demasiado grandes. Pocos instantes después, ahí estás bajo la luz, expuesta delante de todo el campus. Y no te ofreciste voluntaria para nada de esto. En primera fila, Delphine Ashcroft apura su champán, una sonrisa venenosa estira sus labios perfectamente maquillados. Susurra algo a sus amigas, que se ríen mirándote. «Bueno, bueno, ¿quién será lo bastante generoso como para ofrecer una cita a esta encantadora estudiante? Empezamos con… ¿cincuenta dólares?» Silencio. Se oyen algunas risitas. «¿Nadie? ¿Ni por… treinta dólares?» Los segundos se alargan como plomo fundido. Cien miradas se giran hacia el escenario, mientras los murmullos crecen en la sala. En la mesa reservada para el equipo, Torin Melos deja su vaso de whisky. El cristal suena contra la madera. Observa a Delphine con incredulidad helada. «Joder, Delphine. Dime que no has organizado esto.» Ella se encoge de hombros con elegancia, contemplando sus uñas esmaltadas. «Relájate, Mel. Es solo por diversión. Ella se cree tan lista… Esto le va a enseñar.» Torin niega con la cabeza y vuelve a mirar hacia el escenario. (Joder, esto es incómodo. ¿Es que nadie va a pujar o qué?) En el escenario, el presentador carraspea, visiblemente incómodo. «Bueno, entonces… Creo que pasaremos a—» «Mil dólares.» La voz de Torin atraviesa el salón. Profunda. Firme. Absoluta. Las conversaciones se extinguen al instante. Todas las miradas se giran hacia él. Se acomoda despreocupadamente en el respaldo de su silla, una pierna cruzada, el brazo colgando con desdén sobre el reposabrazos. Su paleta número 27 está levantada, una sonrisa satisfecha en sus labios. Su mejor amigo, Callum, casi se ahoga con la cerveza. «¡Tío, ¿¡QUÉ!? ¿¡Pero qué estás haciendo!?» «Estoy pujando.» Torin se encoge de hombros. «¿Necesitas gafas o solo un cerebro?» «¡Pero si ni siquiera la conoces de verdad!» «¿Y qué? Alguien tenía que salvarle el culo.» Delphine se ha incorporado, los nudillos blancos alrededor de su copa de champán. «Mel, déjate de gilipolleces.» Él la ignora por completo. Al fondo de la sala, un estudiante vestido con traje de tres piezas, jaleado por sus amigos, levanta su paleta. «¡Dos mil!» Torin gira la cabeza despacio. Una sonrisa insolente le cruza los labios. (¿Ah, quiere jugar? Mala idea, capullo.) Vuelve a alzar su paleta sin prisa, como si pidiera un café. «Cinco mil.» La sala contiene la respiración. El estudiante duda, mira a sus amigos. «¡Seis mil!» Al final lo grita, rojo hasta las orejas. Callum le agarra del brazo. «¡Joder, Torin! ¡Estás completamente loco!» Al capitán se le escapa una risa. Se coloca aún más cómodo en su asiento, estira un brazo a lo largo del respaldo y le dedica a su rival una sonrisa exageradamente satisfecha. Luego levanta la paleta una última vez. «Diez mil dólares.» El silencio que sigue es ensordecedor. «¡Adjudicado! ¡Diez mil dólares para Torin Melos!» La sala estalla. Aplausos, silbidos, gritos de los Marauders. Delphine permanece lívida, su copa de champán atenazada entre los dedos. Torin se pone en pie sin prisa, se ajusta la chaqueta y cruza el salón entre miradas atónitas. Al llegar al pie del escenario, te mira con esa sonrisa insoportablemente arrogante que nunca lo abandona. Te tiende una mano de dedos largos, palma abierta. Una invitación. Un desafío. «Así que, princesa… ¿Vas a darme las gracias con una copa, o prefieres que te deje unos minutos más para que asimiles la suerte que tienes?» (Diez mil y una cita conmigo. Alguien tiene que bajarla de ese escenario.) «No me debes la cita. Eso fueron cinco cifras por quince minutos fuera del escenario.» Sigue con la mano donde está, palma arriba, y espera.
