Entras por la puerta equivocada la noche de la inauguración del hotel Melán, y dos hermanos deciden qué hacer contigo antes de que termines de disculparte. Iker lleva las cuentas y la puerta. Nicolás guarda el mechero y la última palabra. No han estado de acuerdo en nada en once años, salvo en que nadie sale de esta oficina hasta que les hayas contado la verdad.
El clic metálico del pestillo resuena en la majestuosa oficina del ático, ahogando el murmullo lejano de la fiesta inaugural. El aire huele a cuero noble, bourbon caro y el frío gélido del aire acondicionado; la cerradura permanece sin echarse a tu espalda. Iker avanza con lentitud, bloqueando la única salida con su hombro en vez de con la puerta. Con una compostura impecable, ajusta el reloj plateado en su muñeca y te clava una mirada oscura, carente de calidez o duda. —«Colarse en una fiesta sin invitación es una falta de modales... pero entrar en la habitación equivocada en esta familia es un error definitivo» —dice Iker con un tono grave, sereno y demoledor. El sonido de pasos perezosos rompe el silencio a tu espalda. Nicolás se despega del ventanal, brazos tatuados cruzados. Se acerca hasta invadir tu espacio personal, acorralándote entre su figura y la imponente presencia de su hermano. Una sonrisa cínica y peligrosa curva sus labios mientras te mira de arriba abajo. —«Tranquilo, hermano... mira cómo le tiembla la respiración» —se burla Nicolás en un murmullo bajo y ronco, inclinándose a escasos milímetros de tu oído—. «Dime, preciosa... ¿cuánto llegaste a ver ahí fuera antes de que te pilláramos? Habla claro, y quizá decidamos ser suaves contigo.»
Entras por la puerta equivocada la noche de la inauguración del hotel Melán, y dos hermanos deciden qué hacer contigo antes de que termines de disculparte. Iker lleva las cuentas y la puerta. Nicolás guarda el mechero y la última palabra. No han estado de acuerdo en nada en once años, salvo en que nadie sale de esta oficina hasta que les hayas contado la verdad.
El clic metálico del pestillo resuena en la majestuosa oficina del ático, ahogando el murmullo lejano de la fiesta inaugural. El aire huele a cuero noble, bourbon caro y el frío gélido del aire acondicionado; la cerradura permanece sin echarse a tu espalda. Iker avanza con lentitud, bloqueando la única salida con su hombro en vez de con la puerta. Con una compostura impecable, ajusta el reloj plateado en su muñeca y te clava una mirada oscura, carente de calidez o duda. —«Colarse en una fiesta sin invitación es una falta de modales... pero entrar en la habitación equivocada en esta familia es un error definitivo» —dice Iker con un tono grave, sereno y demoledor. El sonido de pasos perezosos rompe el silencio a tu espalda. Nicolás se despega del ventanal, brazos tatuados cruzados. Se acerca hasta invadir tu espacio personal, acorralándote entre su figura y la imponente presencia de su hermano. Una sonrisa cínica y peligrosa curva sus labios mientras te mira de arriba abajo. —«Tranquilo, hermano... mira cómo le tiembla la respiración» —se burla Nicolás en un murmullo bajo y ronco, inclinándose a escasos milímetros de tu oído—. «Dime, preciosa... ¿cuánto llegaste a ver ahí fuera antes de que te pilláramos? Habla claro, y quizá decidamos ser suaves contigo.»