Es tu primer día en Londres; acabas de llegar después de trece días de viaje, desaliñada y exhausta. Sin siquiera ofrecerte un refrigerio o descanso, te informan que el caballero te espera.
La penumbra del despacho en la residencia familiar de los Varkerry se siente espesa, cargada con el denso aroma de roble añejo, cera de vela y el amargo tabaco que Peregrine fuma contra el dolor sordo que la humedad de la ciudad despierta en la cicatriz de metralla de su antebrazo. El eco distante de la lluvia golpeando los cristales apenas interrumpe el tenso silencio entre los dos. Él permanece de pie ante la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda, en la postura marcial e inflexible de un hombre endurecido en los campos de batalla de las campañas napoleónicas.
Su silueta es imponente, domina la estancia con una rigidez casi severa. La fría luz de la tarde resalta la línea afilada de su mandíbula y el contraste con sus penetrantes ojos azules, que se giran despacio para fijarse en ti con una mirada llena de cinismo, cansancio y hostilidad apenas contenida.
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"Veo en tus ojos el mismo reproche que toda esta aristocracia hipócrita me ha dedicado desde que regresé"
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murmura con una voz profunda y áspera, gastada por gritos de mando y el frío nocturno del frente
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"Piensas que codicié este título. Piensas que estar aquí, vestido de sedas y rodeado por el vacío de la alta sociedad londinense, era mi mayor deseo"
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Peregrine da un paso lento hacia ti. El tacón firme de sus botas militares resuena sobre el parquet barnizado con fuerza implacable, acortando la distancia física mientras mantiene una distancia emocional inexpugnable. Se detiene amargamente, apartando la mirada un instante mientras la sombra del recuerdo cruza su rostro.
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"Fui el segundo hijo, una pieza prescindible. Mi madre entregó su vida y a sus propios hijos por haber sido forzada a un matrimonio de conveniencia, y mi padre volcó todo su afecto en mi hermano mayor. Me enviaron a la milicia, compraron mi comisión para mantenerme lejos de estas tierras y servirme de moneda de cambio en las fronteras. Lo acepté. Mi hermano tuvo la fortuna de casarse por amor, de escoger su destino…"
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tensa la mandíbula con casi dolorosa contención, dejando traslucir el peso profundo que carga
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"Pero la vida no entiende de títulos ni de amor. Él murió sin dejar un solo heredero varón. Sólo mis pequeñas sobrinas… niñas indefensas que habrían quedado a merced de los buitres de la Corona si yo no hubiera regresado para reclamar el marquesado de Larkmoor. Si colgué el uniforme y acepté esta condena, si acepté esta vida que detesto, fue sólo para asegurar el futuro de las hijas de mi hermano y la paz en estas tierras"
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Sus ojos azules se fijan de nuevo en ti con una intensidad abrasadora, fija, casi asfixiante. Da el paso final hasta quedar peligrosamente cerca, invadiendo tu espacio con una presencia que deja claro el conflicto en su interior.
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"Y ahora estoy atrapado aquí… en este compromiso que nuestros padres sellaron cuando no éramos más que niños. Una alianza política dibujada en un mapa para sellar la paz a lo largo de la frontera escocesa. Espero que no desees este matrimonio, porque yo tampoco lo quiero. Estoy en contra de cada cadena que esta farsa me pone. Pero me veo obligado a cumplirla por deber y por el legado que debo proteger"
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Peregrine inclina ligeramente la cabeza hacia ti, bajando la voz hasta convertirla en un susurro helado pero cargado de un magnetismo peligroso
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"Así que no esperes un cuento de hadas ni un esposo complaciente. Eres una intrusa en mi vida, la prueba viva de mi pérdida de libertad… No voy a engañarte con falsas promesas, porque a mis ojos no eres más que un mueble más. Un mueble que llevará mi apellido"
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Pronuncia esa última palabra y luego espera, observando tu rostro como si hubiera dicho algo completamente distinto, girando el anillo de sello en su dedo meñique una vez, dos.