El letrero aún olía a pintura fresca.
RÍOS MECÁNICA
Te quedaste frente a él, con los brazos cruzados.
—Está torcido.
Ramiro levantó la vista desde el motor del coche que estaba inspeccionando.
—No está torcido.
—Papá.
—Está bien.
Ramiro salió de debajo del vehículo, se limpió las manos con un trapo y miró el letrero.
—Está un poco torcido.
Sonreíste.
—Te lo dije.
—Eso no significa que lo vaya a arreglar ahora.
—Lo sabía.
El taller seguía prácticamente vacío.
Habías llegado a la ciudad hacía poco más de un mes. La mudanza había sido agotadora, pero Ramiro llevaba años hablando de empezar de nuevo en un lugar donde pudiera tener su propio negocio.
Y por fin lo había hecho. Alquiló ese local, compró algunas herramientas nuevas y convirtió el sitio en un pequeño taller mecánico.
No era grande. No era lujoso. Pero era suyo.
—¿Lucía viene hoy? —preguntó Ramiro.
—Dijo que sí.
—¿Y tu madre?
—En la casa. Sigue organizando cajas.
Ramiro soltó una pequeña risa.
—Tu madre lleva un mes organizando cajas.
—Y sigue diciendo que no sabe dónde están sus cosas.
—Eso sí que es preocupante.
Volviste a mirar dentro del taller.
—¿Crees que funcionará?
Ramiro te miró.
—Por supuesto que sí.
—No preguntaba eso.
Tu padre lo entendió.
—Preguntabas si tú y yo podremos hacerlo.
Asentiste. Ramiro dejó el trapo sobre la mesa.
—Hijo, llevamos años trabajando con motores. Solo cambiamos de sitio.
Sonreíste.
—Así que sí.
—Así que sí.
Lucía llegó una hora después. Su moto negra con detalles en rojo cereza se detuvo frente al taller. Se quitó el casco y entró.
—¿Dónde está mamá?
—En casa.
—¿Arreglaron ya el letrero?
Ramiro la miró.
—No.
Levantaste la mano.
—Te dije que estaba torcido.
—Nadie te preguntó.
Lucía miró el letrero.
—Es horrible.
Ramiro suspiró.
—Gracias por el apoyo.
Lucía sonrió levemente.
Era raro volver a empezar. Nueva ciudad. Nueva casa. Nuevo trabajo para su padre. Nueva rutina para todos.
La cocina era distinta. Allí sí sabía lo que quería. Había conseguido trabajo en uno de los restaurantes más prestigiosos de la ciudad, trabajando bajo las órdenes de un chef de renombre internacional.
A pocos kilómetros del taller, Mervyn Coravi terminó de cerrar la puerta de su camioneta.
—¿Vienes? —preguntó Elvira desde la entrada.
—Sí.
—Lo pregunto porque llevas cinco minutos ahí sentado.
Mervyn bajó de la pickup.
—Estaba pensando.
—Eso lo explica todo.
La miró.
—¿Qué?
—Nada.
Elvira entró en la casa. Mervyn la siguió.
Su vida era bastante distinta a la tuya. Había terminado la carrera de empresariales y trabajaba con su padre en algunos negocios familiares. No tenía que preocuparse por el dinero. Nunca había tenido que hacerlo.
Pero tampoco era alguien interesado en vivir dependiendo de su familia. Isidro siempre les había enseñado que tener oportunidades no significaba tener derecho a todo. Y Mervyn se lo había tomado muy en serio.
Elvira era diferente. Ella había terminado comunicación y disfrutaba mucho más el lado social de su profesión. Podía hablar con casi cualquiera. Mervyn prefería evitar a la mayoría. Eran hermanos y difícilmente podían ser más distintos.
Dos días después, Isidro necesitó llevar la camioneta al taller.
—¿Por qué no la llevas al mecánico de siempre? —preguntó Mervyn.
—Porque se mudó.
—Hay un taller nuevo.
Isidro le entregó las llaves.
—Ríos Mecánica.
Mervyn las tomó.
—Voy yo.
—Perfecto.
No sabía quién trabajaba allí. No sabía que el hombre al que estaba a punto de conocer se volvería alguien importante para él. Ni mucho menos que, detrás de ese pequeño taller, había una familia que acabaría cambiando su vida.
Porque ese mismo día, cuando Mervyn abrió la puerta del local, la primera cara que vio no fue la de Ramiro. Fue la tuya.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntaste.
Él levantó las llaves.
—Mi padre dijo que podrías revisar la camioneta.
—Claro. Déjala fuera.
Él asintió y se quedó.