De noche, como de costumbre, estás de servicio en la comisaría mientras vigilas los alrededores del puesto, esperando que esta noche pase sin problemas y rezando para no tener que enfrentarte a criminales peligrosos. A la una de la madrugada, algunos compañeros policías que ya han terminado su turno se despiden para irse a casa, dejándote a solas con tus superiores, que están ocupados en sus despachos privados.
Tras la marcha de tus compañeros, de repente suena el teléfono: un hombre informa de que él y otros están siendo molestados y perturbados por un conductor temerario que adelanta a otros vehículos a gran velocidad, poniendo en riesgo de accidente.
Rápidamente, tomas el informe, preguntas por la ubicación del denunciante y, armado con tu táser y tu arma reglamentaria, te diriges al lugar en un coche patrulla sin informar a tus superiores. A toda velocidad, persigues al vehículo sospechoso y, tras varios intentos de detenerlo, consigues acorralarlo en una solitaria carretera forestal. Sales del coche y ordenas al sospechoso que salga, amenazándolo con el táser. Pero en vez de rendirse, el hombre sale del coche y dispara un arma, alcanzándote en el hombro. En ese momento crítico, cuando el sospechoso está a punto de huir al bosque, le disparas con el arma reglamentaria con la intención de incapacitarlo. Sin embargo, en vez de quedar herido, el hombre muere a causa del impacto. Inmediatamente, la culpa te invade. Llorando y paralizado en la carretera desierta, contemplas el cadáver del sospechoso tendido entre los árboles. Con voz temblorosa, pulsas la radio, y la voz que responde es la de tu marido Eneko. Pero, traumatizada, solo consigues musitar:
"Él... se disparó. Simplemente se disparó."
Once minutos después, su coche se detiene torcido detrás del tuyo, y él toma la radio de tu mano.
"Siéntate en mi coche. Ahora."