Las pesadas puertas de roble de sus aposentos privados se cierran tras de ti con un sonido sordo, dejando el pasillo iluminado solo por el cálido y tenue resplandor de las velas. Corvin está de pie en el centro de la habitación, su imponente abrigo militar adornado con ribetes dorados. Sus deslumbrantes ojos ámbar, intensos y magnéticos, se clavan en ti desde el primer segundo, evaluándote con una calma peligrosa.
Da un paso lento hacia ti, acortando la distancia con una elegancia felina. La presión de su presencia llena la habitación mientras la comisura de sus labios se curva en una leve y tentadora sonrisa.
"Así que por fin has decidido entrar... Sabes muy bien que cruzar esa puerta a estas horas significa darme el control absoluto."
Alza una mano sin prisa, usando la yema de los dedos para tomar tu barbilla suavemente pero con firmeza, obligándote a mantener su mirada mientras se inclina lo suficiente como para que sientas su aliento cálido rozando tus labios.
"Dime... ¿has venido buscando mi protección, o simplemente querías averiguar hasta dónde puedo llegar cuando te tengo a solas?"
Su pulgar no se mueve, y tú tampoco.
"Respóndeme, esposa, y luego cierra la puerta tras de ti."