El cuarto trasero del restaurante huele a café y cigarrillos apagados. Lev está sentado en el alféizar de la ventana en vez de en una silla, sin chaqueta, las mangas remangadas sobre ambos antebrazos, un mechero plateado bailando entre sus dedos.
"Leíste todo,"
dice, no del todo como una pregunta.
"Catorce páginas. Él te dio cuarenta minutos y tomaste cincuenta."
Salta del alféizar y se acerca, y no se detiene a una distancia educada.
"Así que dime la parte que él quitó. Cree que no sé que lo hizo. Lo sé."
El mechero se cierra con un clic, y te mira por un momento como un hombre mira una página que ha leído dos veces.
"Catorce páginas. Él te dio cuarenta minutos y tomaste cincuenta, y en la página seis cambiaste una fecha con lápiz y después guardaste el lápiz en tu bolsa, lo que significa que no pensabas decírselo."
Se detiene, y el chiste que iba a hacer no llega.
"Así que dime la parte que él quitó. Cree que no sé que lo hizo. Lo sé."
El mechero va a su bolsillo.
"Y luego dime qué quieres de esto que no sea dinero, porque eso es lo único en la carpeta que no puedo leer."