Dos familias rivales han puesto tu nombre en la tercera línea de un contrato, y ninguna de ellas te lo preguntó antes. Casimir Sorardi quiere que el papel se firme. Lev Dornich quiere saber qué opinas al respecto. Ambos te observan las manos, y uno de ellos será el siguiente en hablar.
La mesa tenía sitio para doce personas. Solo tres sillas estaban ocupadas. Casimir Sorardi se sentaba en un extremo, perfectamente erguido con un traje negro a medida, una mano apoyada junto al vaso de whisky que no había tocado. No parecía enfadado. Casimir rara vez necesitaba hacerlo. Al otro lado, Lev Dornich había elegido deliberadamente la postura opuesta: chaqueta abierta, cuerpo echado hacia atrás en la silla, dos dedos girando lentamente un encendedor plateado. Entre ellos, en la mesa, esperaba una carpeta. Y frente a ellos estabas tú. —No. —Por fin rompió el silencio Lev. Casimir ni siquiera levantó la vista del documento. —Qué argumento tan convincente. El clic del encendedor resonó una vez. —Podemos dividir territorio. Podemos compartir puertos. Incluso puedo fingir durante seis meses que no quiero pegarte un tiro cada vez que abres la boca. —Lev señaló la carpeta con el encendedor—. Pero esto no estaba en el acuerdo. Casimir pasó una página. —Ahora sí. —Casimir. —Lev. Eso hizo que la mandíbula del ruso se tensara. Las dos organizaciones llevaban años peleando por rutas, contactos y territorio. Demasiados cadáveres. Demasiado dinero perdido. Y ahora había una tercera organización creciendo en las grietas que ellos mismos habían creado. Por primera vez, Sorardi y Dornich necesitaban exactamente lo mismo. Una alianza. El problema era cómo hacerla creíble. Casimir finalmente cerró la carpeta y la deslizó hacia el centro de la mesa. En la portada había tres nombres. Casimir Sorardi. Lev Dornich. El tuyo. Lev soltó una risa seca. —Dime que esto es una puta broma. —Si quisiera hacerte reír, contrataría a alguien. —¿Y qué se supone que somos ahora? ¿Una familia feliz? —Una estructura que nuestros enemigos no puedan desmontar fácilmente. —Ah. —Lev ladeó ligeramente la cabeza—. Mucho mejor. Casimir ignoró el comentario. El acuerdo era deliberadamente ambiguo. Bienes compartidos. Protección mutua. Apariciones públicas. Acceso limitado a ciertos recursos de ambas organizaciones. Y una cláusula cuidadosamente redactada que te convertía en el punto neutral entre dos familias que no se confiarían ni una bala. No era una boda tradicional. Tampoco era exactamente un contrato comercial. Era algo construido para que, desde fuera, pareciese imposible atacar a una parte sin enfrentarse inmediatamente a las otras dos. Lev dejó el encendedor sobre la mesa. —¿Quién ha escrito esta mierda? —Mis abogados. —Por supuesto que han sido tus abogados. Tiene tu misma habilidad para quitarle toda la gracia a una amenaza. Por primera vez, Casimir alzó la mirada. —El acuerdo no requiere que te diviertas. —No te estaba hablando a ti. La mirada de Lev se posó directamente en ti. Algo cambió en su expresión. No era ternura. Evaluación. Curiosidad. —Quiero saber qué opina la tercera persona de nuestro pequeño matrimonio mafioso. —No es un matrimonio —corrigió Casimir. Lev sonrió lentamente. —Todavía. Casimir cerró los ojos apenas un segundo. —Ignóralo. —No me ignores. Sería un comienzo terrible para nuestra relación. —No hay relación. —Eso está por ver. Casimir finalmente apoyó los antebrazos en la mesa. Cuando volvió a dirigirse a ti, su voz perdió la capa de irritación reservada exclusivamente para Lev. —Nada de lo que hay ahí se firma esta noche sin tu aprobación. Puedes rechazar cláusulas, exigir cambios o levantarte y marcharte. Pero si aceptas, necesito que entiendas una cosa. Su mirada seguía fija. —Esto solo funcionará si el resto del mundo cree que atacar a uno de nosotros significa declarar la guerra a los dos. Entonces Lev se inclinó hacia delante. —Y aquí viene la parte que él no dice. Casimir le lanzó una mirada de advertencia. Lev sonrió. —Si aceptas, medio mundo criminal empezará a preguntarse por qué dos hombres que llevan años intentando destruirse estarían dispuestos a arrasar una ciudad solo por tocarte. Silencio. Casimir deslizó un bolígrafo por la mesa. No hacia ti. Simplemente lo dejó allí. —Así que empecemos como es debido. Lev apoyó los codos en las rodillas, observando desde el otro extremo. —Por una vez, estoy de acuerdo con él. Casimir le lanzó una mirada de reojo que prometía que eso no volvería a ocurrir. Entonces ambos centraron su atención en ti. Dos imperios criminales. Dos hombres que apenas se soportaban. Y un acuerdo que ninguno de los tres estaba obligado a aceptar en los términos en los que había llegado a esa mesa. —Léelo —dijo Casimir, y empujó la carpeta el último centímetro con un dedo—. En voz alta. Luego dinos qué cláusula quieres cambiar primero, y la cambiaremos antes de que firmes nada.
Dos familias rivales han puesto tu nombre en la tercera línea de un contrato, y ninguna de ellas te lo preguntó antes. Casimir Sorardi quiere que el papel se firme. Lev Dornich quiere saber qué opinas al respecto. Ambos te observan las manos, y uno de ellos será el siguiente en hablar.
La mesa tenía sitio para doce personas. Solo tres sillas estaban ocupadas. Casimir Sorardi se sentaba en un extremo, perfectamente erguido con un traje negro a medida, una mano apoyada junto al vaso de whisky que no había tocado. No parecía enfadado. Casimir rara vez necesitaba hacerlo. Al otro lado, Lev Dornich había elegido deliberadamente la postura opuesta: chaqueta abierta, cuerpo echado hacia atrás en la silla, dos dedos girando lentamente un encendedor plateado. Entre ellos, en la mesa, esperaba una carpeta. Y frente a ellos estabas tú. —No. —Por fin rompió el silencio Lev. Casimir ni siquiera levantó la vista del documento. —Qué argumento tan convincente. El clic del encendedor resonó una vez. —Podemos dividir territorio. Podemos compartir puertos. Incluso puedo fingir durante seis meses que no quiero pegarte un tiro cada vez que abres la boca. —Lev señaló la carpeta con el encendedor—. Pero esto no estaba en el acuerdo. Casimir pasó una página. —Ahora sí. —Casimir. —Lev. Eso hizo que la mandíbula del ruso se tensara. Las dos organizaciones llevaban años peleando por rutas, contactos y territorio. Demasiados cadáveres. Demasiado dinero perdido. Y ahora había una tercera organización creciendo en las grietas que ellos mismos habían creado. Por primera vez, Sorardi y Dornich necesitaban exactamente lo mismo. Una alianza. El problema era cómo hacerla creíble. Casimir finalmente cerró la carpeta y la deslizó hacia el centro de la mesa. En la portada había tres nombres. Casimir Sorardi. Lev Dornich. El tuyo. Lev soltó una risa seca. —Dime que esto es una puta broma. —Si quisiera hacerte reír, contrataría a alguien. —¿Y qué se supone que somos ahora? ¿Una familia feliz? —Una estructura que nuestros enemigos no puedan desmontar fácilmente. —Ah. —Lev ladeó ligeramente la cabeza—. Mucho mejor. Casimir ignoró el comentario. El acuerdo era deliberadamente ambiguo. Bienes compartidos. Protección mutua. Apariciones públicas. Acceso limitado a ciertos recursos de ambas organizaciones. Y una cláusula cuidadosamente redactada que te convertía en el punto neutral entre dos familias que no se confiarían ni una bala. No era una boda tradicional. Tampoco era exactamente un contrato comercial. Era algo construido para que, desde fuera, pareciese imposible atacar a una parte sin enfrentarse inmediatamente a las otras dos. Lev dejó el encendedor sobre la mesa. —¿Quién ha escrito esta mierda? —Mis abogados. —Por supuesto que han sido tus abogados. Tiene tu misma habilidad para quitarle toda la gracia a una amenaza. Por primera vez, Casimir alzó la mirada. —El acuerdo no requiere que te diviertas. —No te estaba hablando a ti. La mirada de Lev se posó directamente en ti. Algo cambió en su expresión. No era ternura. Evaluación. Curiosidad. —Quiero saber qué opina la tercera persona de nuestro pequeño matrimonio mafioso. —No es un matrimonio —corrigió Casimir. Lev sonrió lentamente. —Todavía. Casimir cerró los ojos apenas un segundo. —Ignóralo. —No me ignores. Sería un comienzo terrible para nuestra relación. —No hay relación. —Eso está por ver. Casimir finalmente apoyó los antebrazos en la mesa. Cuando volvió a dirigirse a ti, su voz perdió la capa de irritación reservada exclusivamente para Lev. —Nada de lo que hay ahí se firma esta noche sin tu aprobación. Puedes rechazar cláusulas, exigir cambios o levantarte y marcharte. Pero si aceptas, necesito que entiendas una cosa. Su mirada seguía fija. —Esto solo funcionará si el resto del mundo cree que atacar a uno de nosotros significa declarar la guerra a los dos. Entonces Lev se inclinó hacia delante. —Y aquí viene la parte que él no dice. Casimir le lanzó una mirada de advertencia. Lev sonrió. —Si aceptas, medio mundo criminal empezará a preguntarse por qué dos hombres que llevan años intentando destruirse estarían dispuestos a arrasar una ciudad solo por tocarte. Silencio. Casimir deslizó un bolígrafo por la mesa. No hacia ti. Simplemente lo dejó allí. —Así que empecemos como es debido. Lev apoyó los codos en las rodillas, observando desde el otro extremo. —Por una vez, estoy de acuerdo con él. Casimir le lanzó una mirada de reojo que prometía que eso no volvería a ocurrir. Entonces ambos centraron su atención en ti. Dos imperios criminales. Dos hombres que apenas se soportaban. Y un acuerdo que ninguno de los tres estaba obligado a aceptar en los términos en los que había llegado a esa mesa. —Léelo —dijo Casimir, y empujó la carpeta el último centímetro con un dedo—. En voz alta. Luego dinos qué cláusula quieres cambiar primero, y la cambiaremos antes de que firmes nada.
