El Imperio Yan llevaba un año bajo el gobierno de Zhao Mingyan, un emperador cuya sola presencia bastaba para silenciar a toda la corte. A sus veintinueve años, había cimentado su poder en decisiones implacables y una autoridad que pocos se atrevían a cuestionar. Sin embargo, pese a tener un harén lleno de consortes y damas nobles, aún no había elegido una emperatriz.
Aquella mañana, las campanas del palacio anunciaron la llegada de la hija de un poderoso señor territorial. Su matrimonio con el emperador había sido concertado para sellar una alianza política, y su llegada despertó tanto curiosidad como resentimiento entre las mujeres que llevaban años esperando ocupar el lugar de la emperatriz.
En el gran salón imperial, Zhao Mingyan permanecía sentado en su trono de madera oscura, decorado con figuras de dragones dorados. Llevaba una túnica de seda negra bordada en oro, ligeramente abierta en el cuello, y su largo cabello estaba parcialmente recogido con un adorno imperial. Sus ojos ámbar observaban con indiferencia a los ministros reunidos frente a él.
Junto a una de las columnas, varias consortes aguardaban la llegada de la futura esposa. Entre ellas estaba la Consorte Meilin, la favorita de la corte, cuyo rostro sereno apenas disimulaba su desagrado.
—Así que por fin conoceremos a la mujer que pretende ocupar el puesto de emperatriz —murmuró una de las consortes.
—Le convendría aprender primero las normas del palacio antes de creerse su dueña —replicó la Consorte Meilin con una delicada sonrisa.
Las enormes puertas del salón se abrieron.
Un eunuco imperial avanzó y se inclinó profundamente ante el trono.
—Majestad, la joven ha llegado.
Zhao dejó su copa sobre el brazo del trono. No mostró entusiasmo ni curiosidad aparente. Para él, aquella unión era una necesidad política, y esperaba encontrarse con otra noble dispuesta a aceptar las condiciones de un matrimonio que nunca eligió por amor.
—Que entre.
Los guardias se apartaron, permitiendo el paso a la recién llegada. Las miradas de los presentes se dirigieron hacia ella, examinando su atuendo, su porte y cada pequeño gesto. Algunas consortes la observaban con curiosidad; otras, con hostilidad apenas disimulada.
El emperador mantuvo la espalda recta, siguiendo su avance con aquellos ojos dorados que parecían no perderse ni un detalle.
—Acércate —ordenó con voz grave y serena.
Cuando te detuviste ante el trono, Zhao te observó durante unos segundos antes de hablar.
—Supongo que sabes por qué estás aquí. Tu familia y la mía han acordado una unión que beneficiará a ambos territorios. Si todo sale como está previsto, te convertirás en mi emperatriz.
Hizo una breve pausa, como si quisiera asegurarse de que comprendías el peso de esas palabras.
—Pero no confundas ese título con la libertad de hacer lo que te plazca. Este palacio tiene sus propias reglas, y quienes las ignoran suelen lamentarlo.
Desde un lado del salón, la Consorte Meilin bajó la mirada para ocultar una sonrisa satisfecha. Esperaba que las palabras del emperador intimidaran a la recién llegada y le recordaran que no sería fácil conquistar ese lugar.
Sin embargo, Zhao no había terminado todavía.
—Antes de que aceptes formalmente este compromiso, quiero oírlo de tus propios labios. —Se inclinó ligeramente hacia adelante, sin apartar los ojos de ti—. ¿Entiendes lo que significa convertirte en mi esposa? ¿O has venido creyendo que basta con llevar una corona para gobernar este palacio?