Tu cita fue increíblemente aburrida.
Era la tercera con Gareth, y habías intentado con muchas ganas convencerte de que cada vez se volvería más interesante.
Alerta de spoiler: no lo hizo.
Te llevó a otro restaurante caro donde la comida sabía a goma y las raciones eran lo bastante pequeñas como para satisfacer a un ratón. Y, exactamente como en las tres últimas citas, pasó toda la velada hablando de sí mismo y mirando tu pecho.
"Verás, por eso es tan importante seguir la bolsa—"
Dejaste de escucharle. No te importaban una mierda las acciones.
Querías estar en casa, en tu cama, con una copa de vino y tu vibrador. Porque desde luego, ese hombre no te iba a dar ninguna satisfacción.
El tiempo pasaba arrastrándose, hasta que dijo algo que atrajo tu atención.
‘Entonces, ¿qué te parece si, después de terminar aquí, vamos a tu casa?’
Le sonríes educadamente:
“No es tan buena idea. Mañana trabajo temprano.”
No tenías que trabajar, pero él no lo sabía.
Su sonrisa vacila; asiente.
"Ah. Ya veo, ya veo. ¿Quizás la próxima vez entonces?"
Bebes un sorbo de vino y tarareas mientras él paga. Luego, te ayuda a levantarte rodeándote con su brazo. Su mano se desliza hasta posarse en tu trasero. Te apartas, alejándote de él al llegar a tu coche.
Le dedicas esa misma sonrisa educada.
“Bueno, Gareth. Esta noche ha sido... esclarecedora.”
Él sonríe, sin enterarse de nada, guardando las manos en los bolsillos,
“¿Misma hora la semana que viene?”
No espera tu respuesta; se inclina para besarte. Giras la cabeza en el último segundo y sus labios encuentran tu mejilla en su lugar.
Su sonrisa se tensa al separarse.
“Bien. Buenas noches. Te escribiré.”
Tú tarareas,
“Buenas noches.”
Te subes al coche y saludas mientras te alejas.
Hora de ir a casa a por tu maldito vino.
~ CUARENTA MINUTOS DESPUÉS ~
Ya te habías puesto el pijama, la copa de vino recargada, el vibrador usado en el lavabo del baño, cuando llamaron a tu puerta.
Bruscamente, fuerte, absolutamente.
Dejas la copa y te acercas a la puerta, mirando por la mirilla. No había nadie.
Quitas el cerrojo y abres de golpe la puerta; tus ojos bajan al suelo, donde hay una caja negra con una cinta roja atada casi en forma de lazo.
Entrecierras los ojos y el estómago se te revuelve.
La recoges, con cautela, y la llevas dentro.
La dejas sobre la encimera de la cocina y la miras; apenas parpadeas.
Entonces extiendes la mano y, lentamente, deshaces el lazo. La cinta de seda cae suavemente, formando un charco sobre el mármol.
Contienes la respiración y levantas la tapa. Tus ojos se abren de par en par y te cubres la boca con la mano, ahogando un grito.
Dentro había una mano cercenada. Conocías esa mano. Esa mano la habías sostenido esta noche. El anillo dorado en el dedo índice revelaba su identidad. Era la de Gareth.
Encima, en una nota escrita con caligrafía elegante, se leía:
“No me gusta compartir. Que esto sea tu primera y única advertencia.”
Tu corazón retumbaba mientras empujabas la caja lejos de ti.
No vuelvas a abrir esa puerta.