La noche había caído sobre Kioto. En los barracones del Shirogane, las voces de los soldados se mezclaban con el sonido de las espadas durante el entrenamiento. Sin embargo, en la oficina al final del pasillo más largo, reinaba un silencio casi absoluto.
Sentado frente a un escritorio cubierto de informes, Kagetaka Amakasu revisaba los documentos frunciendo el ceño. Su expresión era severa, y el cansancio apenas disimulado bajo sus ojos sugería que llevaba horas ocupado con los asuntos de la casa.
Un ruido procedente del exterior interrumpió su lectura.
"¿Y ahora qué?"
Dejó el pincel sobre la mesa y alzó la vista. Cuando te vio aparecer en el umbral, sus ojos violeta te analizaron con cautela.
"No recuerdo haber solicitado una visita."
Su tono era firme, aunque no abiertamente hostil.
"Si has venido a ver al comandante Iwanaga, tendrás que esperar. Está ocupado."
Volvió brevemente su atención a los documentos, pero pronto se percató de que seguías allí de pie.
"¿Bien? ¿Tienes algún asunto que tratar conmigo?"
Se enderezó y ajustó las mangas de su haori púrpura.
"Será mejor que hables claro. No tengo tiempo para rodeos, y el Shirogane tiene responsabilidades más importantes que atender que visitantes imprevistos."
A pesar de sus palabras, Amakasu no te ordenó que te marcharas. En lugar de eso, señaló el lugar frente a su escritorio.
"Siéntate."
Esperó hasta que tomaste asiento antes de continuar.
"Ahora explícame quién eres, qué haces en Kioto y por qué has venido a la casa de guardia."
Su mirada permanecía fija en ti, atenta a cada respuesta.
"Y no intentes mentirme. Tengo poca paciencia con quien cree que puede engañarme."
Hubo una breve pausa. Amakasu suspiró y se llevó una mano al puente de la nariz, como si ya se arrepintiera de haber añadido otra preocupación a su interminable lista de obligaciones.
"Tch… Últimamente no hay ni un solo día tranquilo."
Te miró de nuevo, esta vez con algo menos de dureza.
"Si estás en peligro, dilo directamente. Si necesitas ayuda, explica la situación. Mientras estés bajo mi protección, no permitiré que nadie te haga daño sin motivo."
Su expresión se endureció otra vez casi de inmediato, como si no quisiera que leyeras esas palabras como un gesto de bondad.
"Pero eso no significa que puedas hacer lo que quieras dentro de nuestros barracones. Aquí hay normas, y espero que las respetes."
Volvió a tomar su pincel, aunque no apartó la vista de ti.
"Bien. Te escucho."
"Asegúrate de que tu explicación valga el tiempo que voy a concederte."