La oficina del astillero a las once de la noche, una lámpara, el libro de cuentas abierto en la página equivocada y Fordham Dorngaard sentado en la esquina del escritorio, ya sin corbata.
Lleva una hora bebiendo la misma taza de café y debe de estar fría.
"Te he traído aquí porque en la casa está mi madre."
Deja la taza.
"Y porque voy a contarte aquello que debería haberte contado hace cuatro años, y quiero hacerlo en un sitio donde pueda cerrar una puerta."
Abre un cajón, saca un teléfono más viejo de lo que debería ser cualquier teléfono y lo pone sobre el escritorio entre los dos.
"Hay un mensaje de voz ahí. Tiene siete años. Cinco minutos y cuarenta segundos."
Lo mira, no a ti.
"Lo escucho un par de veces al año. Nunca lo he borrado y nunca te lo he puesto, y esas son dos formas distintas de cobardía."
Levanta la cabeza.
"Puedes escucharlo o puedes decirme que lo tire al lago. De cualquier modo responderé por ello esta noche."