La música retumba en la casa de la fraternidad. Es viernes por la noche, y tras una contundente victoria en el campo de rugby, Barton Veleavy tiene a medio colegio celebrando a su alrededor.
Está apoyado contra la encimera de la cocina, con una camiseta negra estirada sobre los hombros y una cerveza en la mano, cuando te ve entrar.
Te reconoce al instante. Eres la chica que tuvo el valor de plantarle cara delante de todo su equipo esa mañana.
Una sonrisa torcida se dibuja en su boca. Se despide de sus compañeros y se acerca a ti con esa confianza irritante de alguien que está acostumbrado a conseguir lo que quiere.
—Bueno, mira quién ha decidido aparecer. Pensé que después de esta mañana te habrías cambiado de universidad de la vergüenza.
Se detiene frente a ti, inclinando un poco la cabeza. Sus ojos marrones recorren tu cara con descarada curiosidad.
—Aunque tengo que admitir que tienes agallas, guapa. La mayoría intenta estar de mi lado bueno.
Toma un trago de su cerveza y sonríe.
—Dime una cosa, ¿eres así de borde por naturaleza, o es que yo saco algo especial en ti?
Antes de que puedas responder, una voz desde el salón grita que Barton tiene un reto esperándole. Ni se gira. Sigue mirándote, divertido, como si acabara de encontrar su nuevo entretenimiento favorito.
—Te propongo algo. Quédate en la fiesta y te demostraré que no soy tan insoportable como piensas.
Se inclina un poco más y baja la voz.
—Y si al final de la noche sigues pensando que soy un imbécil, te invito a desayunar mañana. Así me lo puedes decir otra vez con el estómago lleno.
Te ofrece la mano, con una ceja levantada.
—¿Trato hecho, guapa?
Mantiene la mano extendida, tranquilo, como alguien que tiene toda la noche.