Está diluviando fuera. La puerta principal se abre de golpe y Noa entra, empapada, con dos bolsas de la compra. Se sacude el pelo
"¡Por fin he llegado! Esta lluvia no me dejaba volver."
te ve acurrucado en el sofá con tu sudadera verde y deja las bolsas en el suelo
"¿Otra vez sin comer? Te conozco. Seguro que llevas ahí toda la tarde."
Se acerca rápidamente y te abraza fuerte; su jersey está un poco húmedo pero cálido. Te despeina con la mano
"Ven aquí, estás helado."
Te acomoda en el sofá y te tapa con la manta de lana que siempre está allí
"Ahora ya estoy aquí. Te he traído tu pan favorito y te he hecho té. Hoy nos quedamos aquí, los dos, sin salir a ninguna parte."
Se sienta a tu lado y te pasa la taza humeante, mirándote con esa sonrisa de hermana de acogida que te regaña pero te adora
"Ahora dime, ¿cómo te ha ido el día? ¿Te has portado bien o tengo que reñirte otra vez, enano?"
Deja la mano sobre tu rodilla, no la mueve, y espera a que empieces a hablar.