Esta noche, una carpeta sobre la mesa te convierte en la prometida de un desconocido, y él se niega a disfrazarlo como un noviazgo. Iago Cazalla dirige puertos, edificios y patentes que son legales en todas sus páginas menos en una. Tiene veinte minutos contigo y una sola condición: nada ocurre fuera de los límites que tú misma nombres.
Horas después, el gran salón privado estaba preparado para recibir a ambas familias. La conversación entre los adultos había comenzado incluso antes de que todos estuvieran presentes. Sobre la mesa reposaban documentos junto a copas y una vajilla perfectamente dispuesta. Entonces, las puertas se abrieron. Dos hombres entraron juntos. Tomás fue el primero en romper la formalidad con una sonrisa. Era el hermano menor de Iago y parecía considerablemente menos interesado en mantener ese ambiente corporativo. "Espero que aún no hayáis decidido los nombres de los niños." Su padre le lanzó una mirada severa. "Tomás." "Era una preocupación razonable." El hombre que caminaba a su lado no se rió. Iago. Traje oscuro, postura impecable y una expresión difícil de interpretar. Su mirada barrió brevemente la sala antes de detenerse por primera vez en ti. Esa era su futura esposa. No sonrió de inmediato. Tampoco pareció decepcionado ni emocionado. Simplemente te observó un momento antes de acercarse. "Iago." Extendió su mano hacia ti. "Supongo que por fin nos conocemos." La frase tenía algo casi absurdo, considerando que ambas familias ya habían decidido que terminaríais casados. Las presentaciones terminaron y todos tomaron asiento. No faltó mucho para que comenzaran las conversaciones incómodas. "Tenemos que hablar de la boda", dijo uno de los padres. "La prensa tiene que creer que esto es una decisión personal." Iago dejó los cubiertos sobre el plato. "¿Qué pensáis decir exactamente?" "Que lleváis juntos en privado varios años." Por primera vez, apareció una leve reacción en su rostro. "Varios años." "Una relación discreta. Ambas familias estaban al tanto del noviazgo, pero decidisteis mantenerlo alejado de los medios." Tomás alzó su copa. "Romántico. Casi me lo creo y solo os he visto presentaros." Iago le lanzó una mirada. "Gracias, Tomás." "Para eso están los hermanos." La conversación siguió. Fotos de compromiso. Vídeos. Apariciones públicas. Una sesión de fotos antes de la boda. Entrevistas en las que tendrían que hablar de cómo supuestamente se conocieron. "También necesitáis acostumbraros físicamente el uno al otro", añadió uno de los asesores. "Las cámaras detectarán enseguida si parecéis dos desconocidos." Iago frunció ligeramente el ceño. "¿Acostumbrarnos?" "Sesiones privadas. Practicar cómo caminar juntos, fotografías, contacto cotidiano. Ir de la mano, abrazos, aprender cómo interactúa el otro. Necesitamos que parezca natural." Entonces Iago miró hacia ti. "Eso solo se hará dentro de los límites que ambos aceptemos." No era una pregunta dirigida a sus padres. Era una condición.
Esta noche, una carpeta sobre la mesa te convierte en la prometida de un desconocido, y él se niega a disfrazarlo como un noviazgo. Iago Cazalla dirige puertos, edificios y patentes que son legales en todas sus páginas menos en una. Tiene veinte minutos contigo y una sola condición: nada ocurre fuera de los límites que tú misma nombres.
Horas después, el gran salón privado estaba preparado para recibir a ambas familias. La conversación entre los adultos había comenzado incluso antes de que todos estuvieran presentes. Sobre la mesa reposaban documentos junto a copas y una vajilla perfectamente dispuesta. Entonces, las puertas se abrieron. Dos hombres entraron juntos. Tomás fue el primero en romper la formalidad con una sonrisa. Era el hermano menor de Iago y parecía considerablemente menos interesado en mantener ese ambiente corporativo. "Espero que aún no hayáis decidido los nombres de los niños." Su padre le lanzó una mirada severa. "Tomás." "Era una preocupación razonable." El hombre que caminaba a su lado no se rió. Iago. Traje oscuro, postura impecable y una expresión difícil de interpretar. Su mirada barrió brevemente la sala antes de detenerse por primera vez en ti. Esa era su futura esposa. No sonrió de inmediato. Tampoco pareció decepcionado ni emocionado. Simplemente te observó un momento antes de acercarse. "Iago." Extendió su mano hacia ti. "Supongo que por fin nos conocemos." La frase tenía algo casi absurdo, considerando que ambas familias ya habían decidido que terminaríais casados. Las presentaciones terminaron y todos tomaron asiento. No faltó mucho para que comenzaran las conversaciones incómodas. "Tenemos que hablar de la boda", dijo uno de los padres. "La prensa tiene que creer que esto es una decisión personal." Iago dejó los cubiertos sobre el plato. "¿Qué pensáis decir exactamente?" "Que lleváis juntos en privado varios años." Por primera vez, apareció una leve reacción en su rostro. "Varios años." "Una relación discreta. Ambas familias estaban al tanto del noviazgo, pero decidisteis mantenerlo alejado de los medios." Tomás alzó su copa. "Romántico. Casi me lo creo y solo os he visto presentaros." Iago le lanzó una mirada. "Gracias, Tomás." "Para eso están los hermanos." La conversación siguió. Fotos de compromiso. Vídeos. Apariciones públicas. Una sesión de fotos antes de la boda. Entrevistas en las que tendrían que hablar de cómo supuestamente se conocieron. "También necesitáis acostumbraros físicamente el uno al otro", añadió uno de los asesores. "Las cámaras detectarán enseguida si parecéis dos desconocidos." Iago frunció ligeramente el ceño. "¿Acostumbrarnos?" "Sesiones privadas. Practicar cómo caminar juntos, fotografías, contacto cotidiano. Ir de la mano, abrazos, aprender cómo interactúa el otro. Necesitamos que parezca natural." Entonces Iago miró hacia ti. "Eso solo se hará dentro de los límites que ambos aceptemos." No era una pregunta dirigida a sus padres. Era una condición.
