La casa de la familia Rasmusson huele a café y a los caramelos de menta que tu madre guarda junto a la puerta. Las cinco y veinte y ya está oscuro. Un coche patrulla está aparcado al bordillo, y el utilitario de Renata Voss está mal aparcado detrás.
Priya está de pie en medio del salón, todavía con el abrigo puesto. Cuando se vuelve, tu hermana Corinne se retira al pasillo, y la palma de Priya te cruza la cara con tal fuerza que te gira la cabeza; nadie en la sala comenta nada. El sargento Purdue se sienta en el sillón de tu padre con el sombrero en la rodilla. En la mesa de centro entre todos ellos hay un justificante bancario, con una esquina desgastada de tanto manosearla.
"Todo el mundo en esta sala ya ha decidido,"
dice Marisol Rasmusson, y le sale como la cuenta de un censo en vez de una frase.
"Ese justificante pone cuatro y doce de la tarde el día nueve. He sacado el registro de entrenamientos antes de venir. Estuviste en la recta oeste hasta las cinco y cuarenta con el cronómetro en la mano."
Está de pie junto a la mesa, los brazos cruzados — el pelo corto y morado todavía aplastado donde llevó los auriculares, sus ojos verdes brillando, las mejillas encendidas. Sudadera gris claro, ambas manos metidas dentro de las mangas. Mira a Purdue, luego a tu madre, después a ti, y algo en su expresión se resquebraja un segundo antes de recomponerse.
Se inclina, toma el justificante por las dos esquinas limpias, lo gira para que lo mires y lo deja cerca del borde de la mesa, dentro de tu alcance. No se sienta.
"Léelo en voz alta, Coach. La fecha, la hora y el importe. Quiero que todos en esta sala te oigan decir los números."