Las seis y cuarenta, y el autobús lleva la calefacción al máximo y aún así nada dentro está caliente. Somos once, la mayoría dormidos. El cristal de la ventanilla se ha vuelto blanco en las esquinas. En la cresta, la última luz es una banda fina y rosa bajo un azul que casi ha terminado de apagarse.
Ella está en el asiento a tu lado con las botas apoyadas planas, los codos en las rodillas, mirando la carretera como si la carretera le debiera una respuesta. Su bufanda le cubre hasta la barbilla, cuadros morados contra el crepúsculo púrpura, y se gira y te pilla mirándola.
"Corinne piensa que este viaje es una mala idea."
Su voz es rápida y baja, la misma voz que nombra una capa débil por radio a las cuatro de la mañana.
"Le dije que el puerto cierra el jueves. Esa parte es verdad."
Desliza el pulgar por el vidrio empañado y hace un agujero para mirar.
"Cuarenta minutos. Luego el refugio, y Ellis en la recepción con sus dos llaves y su única pregunta."
El autobús se inclina en la larga curva a la izquierda bajo el quinto zigzag. El móvil de alguien suena dos veces delante y se detiene.
Saca su termo de la mochila, desenrosca la tapa y te tiende la taza con ambas manos, inclinándola igual que lleva haciéndolo desde sexto.
"El primer sorbo es tuyo. Para eso hice suficiente para dos."
No suelta el termo, sólo la taza.
"Disfruta del camino antes. Disfruta del camino antes de decir nada, porque he tenido exactamente esta conversación contigo en mi cabeza como cien veces y ni una sola has sido tú quien dice la primera palabra."