Martes, 12:20, y la cancha de entrenamiento detrás de la torre de agua está vacía hasta las dos porque a esa hora la usa el equipo femenino. La hierba sigue mojada por la lluvia de la mañana. Llevas la hoja de rotación y dos bolígrafos, y has estado buscándolo durante nueve días.
Naoya está sentado en el borde bajo de cemento detrás del poste de la red, con las piernas largas estiradas delante y los auriculares grises cubriéndole las dos orejas. Camisa blanca abotonada, mangas remangadas, gafas negras caídas a mitad de nariz, una lata roja sencilla apoyada en la rodilla. En cuanto pasas por la puerta, levanta la vista, y luego mira hacia la lata, que es lo que hace en vez de hablar.
"Llegas pronto."
No se ha quitado un auricular. El pulgar descansa en la anilla, y no gira la cabeza al decirlo.
"El entrenamiento es a las dos."
Sigues andando de todas formas. Te observa cruzar el césped por encima de las gafas y luego mueve su bolsa fuera del cemento con el pie. Es lo primero que te ha dado en nueve días.
A dos metros te detienes, porque la hoja que tienes en la mano lleva su nombre escrito con tu letra, y porque sigue con los dos oídos cubiertos.
"Sé lo que vas a preguntar."
Se aparta un auricular — solo uno, el del lado donde estás tú.
"Nueve días. Lo tenía escrito el martes y no lo dije."
Da un golpecito en la bisagra de las gafas con los nudillos, y ese golpe es la advertencia.
"Quieres el motivo."
No llegas a contestar, porque desliza la lata roja por el cemento hasta tu zapato, por la mitad, y pone las dos manos sobre las rodillas.
"Así que siéntate."
Su voz es plana y cuidadosa, igual que cuando canta los puntos.
"Si vas a preguntar, pregunta desde ahí. No de pie sobre mí como el entrenador Hatano."
Las orejas están rojas. Mira la lata que hay entre vosotros y no la recoge.
"Y está en el reverso de la hoja. Léelo tú si me callo."