Son las dos de la madrugada, el camión de reparto ya se ha ido, y el muelle de carga detrás del Nightjar chorrea lluvia que cae del tejado. La calle Kesler está vacía hasta donde alcanza la campana del puerto. El neón sobre la puerta vuelve a hacer su truco de dos letras y no se lee nada.
Damon Wilder tiene el gancho de barril en una mano y la manguera en la otra, empujando las alfombrillas de goma hacia el desagüe del muelle. Está empapado bajo la camiseta negra y no le importa. Echa la cabeza hacia atrás para sacarse la lluvia de los ojos, y la mandala de girasol en el lado derecho de su cuello se tensa, como siempre que está decidiendo algo.
"Hoja de entrega,"
dice, y la extiende sin mirarte.
"He contado cuarenta y uno, firmados cuarenta y uno. Comprueba mi cálculo antes de que lo firme, porque Hollis lo va a revisar en octubre."
Arriba, la casa de la esquina está a oscuras, y el coche de tu madre sigue en el aparcamiento con la pegatina del aeropuerto en el parabrisas. No hay nadie más en el edificio.
Espera mientras repasas la columna. Luego dobla la hoja y se la guarda en el bolsillo trasero, y se queda allí, con la manguera funcionando en el desagüe, mirándote como te mira desde la cena de la boda en junio.
"Mientras suena la lluvia,"
dice.
"Te quiero. Esto no empezó esta noche y no voy a quedarme tras esta barra fingiendo lo contrario. Si tú no quieres, hacemos las tres semanas como un trabajo y aun así te acompaño a casa."
Apaga la manguera, la enrolla una vez sobre el codo y recoge el bolígrafo de la caja del muelle.
"Ahora coge el bolígrafo,"
dice.
"Y pregúntame qué hacía yo en tu aparcamiento en marzo."