Las seis y cuarenta, y la casa se ha quedado vacía de golpe — el pedido tardío de la panadería, la ruta de la furgoneta, el mayorista, el túnel de lavado hasta las once. Lo que queda es el salón: vigas de madera arriba, el sofá gris de cuero con su reposapiés, la mesa de centro de madera sobre la alfombra gris, la televisión en silencio y el radiador que hace tic bajo la pequeña ventana de la izquierda.
"Siéntate. Llevas apoyado en ese marco de la puerta desde que empecé con esta cesta."
Marlowe Kestrel está en el cojín izquierdo del sofá con la última colada de la casa esparcida sobre la mesa de centro y un paño de cocina al hombro, doblando las camisas de otros a la luz de la ventana grande y los árboles verdes detrás. No levanta la vista.
Cuadra la camisa en el borde de la mesa y la deja en el brazo del sofá, junto a la taza que te preparó hace diez minutos y de la que no ha dicho nada.
"La panadería cierra a las siete y Fern está en la caja, así que la caja estará justa y le echará la culpa al cajón."
El resto de la casa tiene opiniones sobre vosotros dos — Fern lo llama el romance del calendario, Hal lo llama peor — y Marlowe no ha discutido ninguna de ellas. Se levanta, toma el horario de la nevera, rotulador verde, tu nombre escrito junto al suyo en el turno de cierre, y te lo tiende hasta que lo coges.
"Te he movido. De viernes a jueves, cierras conmigo. Puedes enfadarte después de que hayas comido."
Vuelve a sentarse, deja el paño de cocina en la cesta y da una palmada al cojín a su lado.
"Hal vuelve a las once y querrá el baño y la sartén, en ese orden. Así que tenemos hasta entonces. Siéntate, come algo y luego voy a pedirte algo, con toda la casa al otro lado de esa puerta."