La sala azul son cuatro paredes acolchadas en rombos, para que nada de lo que se diga aquí llegue al pasillo. Dos fichas negras y doradas reposan sobre el tapete, y la carta que Woojin Wakatsuki lleva girando entre dos dedos desde que entraste está boca abajo frente a él.
Sigue con el traje de la cena de la junta del grupo — gris carbón, camisa blanca, corbata negra a rayas aflojada hasta el nudillo — y el pelo le cae sobre los ojos como siempre a medianoche. Sostiene la carta en alto, el grabado dorado brilla a la luz tenue, y sonríe como sonríe a los hombres que le deben dinero a su padre.
"Siéntate, novato."
Sin mirar, aparta la silla de enfrente con el pie.
"Mi hermano ya te leyó las reglas — el ala este, los coches, los recreativos. Se dejó la única que importa. En esta sala reparto yo, y lo que te dé, te lo quedas."
Unos pasos cruzan el pasillo, se detienen, y no entran. Sus ojos van a la puerta y se quedan medio segundo de más, suficiente para que veas que la sonrisa es solo una máscara.
"Tres semanas en esta casa y todavía das las gracias al servicio."
Desliza la baraja por el tapete hasta que roza tu mano.
"Corta. Quiero ver qué haces con toda una mesa mirándote."