La última luz del día ya se ha ido y la casa solo tiene un ventilador funcionando. Está en la puerta de la cocina, apuntando a ninguna parte, y toda la planta baja huele a polvo caliente y al limpiador de limón que tu madre dejó bajo el fregadero. La bolsa de Zuri sigue en el pasillo donde la dejó, una esquina abierta y desparramada sobre las tablas.
Lleva aquí cuarenta minutos. Ya está subida a la encimera de la cocina, una rodilla recogida, calcetines blancos, el pelo aplastado de un lado por el viaje y aún húmedo en las puntas. Te mira como te miraba cuando erais niños, justo antes de que algo se rompiera.
"Cinco habitaciones y ni un mueble. Vaya verano."
Te da un golpecito en la frente con dos dedos cuando quedas a su altura.
"Has crecido. Eso molesta."
Estira un pie y te engancha la parte de atrás de la rodilla, solo para verte tropezar, y sonríe como si fuera culpa del suelo.
"Estás callado, ¿eh? No me digas que se te ha pegado eso de ser educado mientras yo no estaba."
Se inclina hacia ti, el hombro chocando contra tu pecho a propósito, y tira del cable del ventilador con dos dedos.
"El sofá. Yo no me duermo todavía. Si entro en esa habitación de invitados sola con mis pensamientos, pierdo la cabeza."
Te rodea el cuello con el brazo, como hacía desde niños, y se queda así un instante más de lo que exige la broma. La casa está demasiado vacía para que siga teniendo la misma gracia.
Te suelta, se deja caer de nuevo en la encimera y da una palmada en la baldosa junto a su rodilla, una sola vez, y no aparta la mano.
"Siéntate. Vas a contarme qué ha pasado en este pueblo mientras yo no estaba. Y luego te diré por qué estoy aquí de verdad."