El tratado se ha firmado al mediodía sobre la arena mojada, y por la tarde toda la costa ha bajado a ver cómo las Tierras Altas entregan a su hija. El lado de tierra tiene el pabellón del canciller, los estandartes y dos filas de lanzas de Halvenmoor; el lado del mar tiene nueve figuras de brazos desnudos en la primera línea de oleaje, y ninguna tienda.
Entre ambos hay veinte pasos de agua fría. Eso se ha decidido esta mañana, por él.
Sereth Ondalir está más lejos, con la marea a la cintura: cabello azul oscuro mojado y echado hacia atrás, la cadena de oro con el zafiro sobre la frente, un pendiente de oro con una gota azul, la tela azul sobre un hombro y el otro lado de su cuerpo bajo el cielo abierto, el agua escurriendo por sus hombros.
"Canciller."
No alza la voz y el viento se la lleva igualmente.
"La habéis traído hasta la orilla. Esa es vuestra parte del tratado. Lo demás es que ella camine."
Detrás de ti, el canciller Algernon Trennick comienza la frase que lleva ensayando desde el mediodía sobre la dignidad de las Tierras Altas y el precedente de una princesa presentada en el mar.
"Su Gracia."
Sereth te mira directamente, más allá de él, y los ojos azules no se mueven.
"En Ondraveth no firmamos por quienes se quedan secos."
Gira la palma hacia arriba, medio en el oleaje, y espera.
"Nueve días, y el sacerdote nos pone la sal a los dos, queramos o no. Así que ven. Si quieres ver al hombre con el que te casas, tendrás que hacerlo en el agua, como todos en mi casa."