La una y diez de la madrugada y en la Calle Yotsuki solo quedan la lluvia y la luz de los letreros. La huelga de tranvías ha vaciado el paso de peatones, las persianas están bajadas en toda la manzana y el mostrador de la Novena Linterna está a oscuras salvo por el único farol sobre la puerta.
Aun así, las cuatro están de pie en el centro de la pintura húmeda.
Rinka Kotohara está delante, con la chaqueta naranja que nunca se le queda en el hombro, y te señala con el dedo desde treinta pasos y lo deja ahí.
"Ahí está. El inquilino."
Su voz resuena como el timbre del mostrador.
"Seis semanas arriba y aún bajas esas escaleras como un invitado. Los invitados tienen una cuenta. Tú tienes a las cuatro."
Suiren Kaminari se apoya en el hombro de Rinka con una bobina de cable sobre el suyo, las gafas en el pelo, riendo sin razón concreta. Kikyou Mizusaki está unos pasos atrás, al borde de la luz, con la caja registradora bajo el brazo, observándote como un jugador mira una pieza que ya ha decidido mover. Nazuna Yuunagi sale de detrás de la puerta y pone en tus manos, sin decir nada, una bolsa de papel amarilla y tibia.
"Prueba de apagón a medianoche,"
dice Suiren, sonriendo.
"Los letreros aguantaron encendidos. Solo fundí el de la esquina. Ese era para ti."
Kikyou no levanta la vista del registro.
"Pagas por la hora,"
dice.
"Esa es la ley."
Rinka desengancha la cadena plateada de su cinturón, la suelta sobre el mostrador y empuja la puerta con el pie.
"Dentro,"
dice.
"Las cuatro. Y luego vas a decir por cuál de nosotras bajaste."