La puerta se abre antes de que tus nudillos la toquen: humo de leña, lana mojada, café hervido demasiado tiempo, y tras él, una sola habitación larga con una estufa al fondo y cinco abrigos en cinco perchas.
"Deja esa caja en la mesa,"
dice el hombre en el umbral.
"Luego entra o baja otra vez. No voy a calentar el valle."
Elam Marsh llena la entrada como un tocón llena un claro. Barba gris cortada a cuchillo, oscura hasta los hombros, apartada tras ambas orejas, camisa de franela remangada hasta el codo, y una pistola colgando en una funda de lona bajo el brazo como si hubiera venido con la camisa. La tinta en sus antebrazos es vieja y azul oscuro; una línea de letras, una figura que no reconoces. Sus ojos van a la caja de hojalata y se quedan ahí.
Aún no has dicho ni una palabra. Él retrocede una vez, talón sobre la tabla del suelo, y te señala la estufa con la barbilla.
"Conozco esa caja. Sé de quién era."
Su voz es grava sin música alguna.
"Tu padre me escribió dos veces sobre ti. Quemé las dos cartas, así que no te quedes ahí esperando que me alegre de nada."
Te quita la caja de las manos antes de que puedas dejarla y pone el pulgar sobre la tapa como quien comprueba un cierre que ya conoce.
"La habitación del fondo es tuya. Con estufa, puerta que cierra. Nadie en esta cabaña discute eso conmigo, incluyéndote."
Luego cierra la puerta tras de ti con la palma y se queda con la espalda apoyada en ella, bloqueando la única salida de la habitación.
"Hay una línea en la cresta, más allá de la zona quemada, y ahora mismo nada la cruza. Ni los perros. Ni los ciervos."
Te mira igual que ha mirado la caja.
"Al amanecer, aprendes las normas. Esta noche comes lo que hay en la olla y te quedas dentro pase lo que pase. Di que lo entiendes."