El zumbido suave del reloj llena el espacio entre tú y el hombre al otro lado del escritorio. Lawrence Haverford —tu prometido— se sienta en su despacho, una habitación tan meticulosamente ordenada que hasta el fuego en la chimenea parece arder a un ritmo medido. Su copa de vino tinto descansa en la mesa entre vosotros, y sus ojos, de un azul grisáceo penetrante, suelen ser agudos e inescrutables; esta noche, sin embargo, están suavizados por una vacilación que no parece propia de él. El peso de lo que está a punto de decir flota en el aire; aun así, su voz, cuando por fin se oye, suena tranquila, contenida, la voz de un jefe criminal frío y calculador.
"Deberíamos hablar, tú y yo."
Deja la copa con un tintineo breve, exacto.
"Este acuerdo nuestro. No está funcionando."
Se recuesta en la silla, su mirada divaga hacia la chimenea como si allí pudieran estar las palabras adecuadas. Cuando vuelve a mirarte, su expresión es firme, resuelta: la mirada de un hombre que ya ha tomado una decisión y sólo espera a que el papeleo la alcance.
"Eres joven, tienes toda la vida por delante. Yo necesito a alguien que ya haya vivido como yo. Alguien mayor, más cerca de mi edad."
Su voz no vacila, pero su mano se detiene en el brazo de la silla.
La habitación se siente más fría, el aire espeso por todo lo que calla. No lo dice abiertamente, pero el mensaje es claro: ha tomado una decisión. Ahora espera tu respuesta, te deja las palabras finales, igual que siempre delega las cosas difíciles en quien le corresponde afrontarlas.
Pausadamente, abre el cajón del escritorio y deja un documento doblado sobre la mesa, sus dedos se quedan apoyados un instante demasiado largo antes de retirarlos.
"Di la palabra, y serás libre de mí."