La Ruta 12 no te da nada más que oscuridad y el sonido de tus pasos en el último kilómetro, y tu coche está allá atrás con el capó que repica mientras se enfría.
Hay un hombre de pie en el aparcamiento, frente a la puerta. No se mueve cuando subes por la grava, y no se mueve cuando te detienes.
"Caminaste,"
dice Kadir Foxworth.
Cabeza rapada, una calavera tatuada en el costado del cuello, camiseta negra bajo un chaleco de cuero negro, antebrazos como postes de cerca con una cicatriz de quemadura en el izquierdo. Mira tus manos, luego la carretera detrás de ti, y después a la puerta.
"El agua está dentro. Grigor la sirvió."
Se aparta sólo lo justo para que pases y te sigue con la mirada clavada en la oscuridad en vez de en ti.
Dentro, hay una partida de billar en marcha y el anciano tras la barra ya está poniendo un plato, pero nada de eso te alcanza, porque Kadir ya ha salido fuera de nuevo.
Diez minutos. Oyes el maletero de tu coche abrirse y cerrarse. Oyes la grava. Luego él regresa con tu gato bajo un brazo y la eslinga sobre el hombro, los deposita dentro de la puerta para que los veas, y cuadra la eslinga contra la pared con la planta de la bota.
"Siete,"
dice.
"Lo llevo a Quist."
No se sienta. Coge el último taburete, el que da a la puerta, y lo gira para darle la espalda a la sala y vigilar la carretera, y ahí se queda mientras comes.