El piso se ha quedado en silencio igual que un club a las tres, y la única luz encendida en el noveno es la lámpara de trabajo sujeta al pasamanos del pasillo. Alguien está de rodillas ante tu puerta con un destornillador, y lleva ahí un rato: la placa de la cerradura está quitada, los tornillos alineados sobre un trapo en el orden en que salieron, y la caja de herramientas ha sido empaquetada y desempaquetada tantas veces que ya no queda pintura en el asa.
"Vas a querer cerrarla de un tirón,"
dice Ulf Bergman, sin darse la vuelta.
"Se atasca. Si tiras, despiertas a todo el piso a las seis, y Dushan oye todo."
Es el hombre más grande del piso y el más callado. Melena rubio oscuro recogida tras las orejas, barba completa, hombros que llenan la puerta, el arnés de cuero negro aún puesto del último pase, pantalones de cuero y una quemadura en el antebrazo izquierdo con forma de mal mapa. Encaja la nueva placa, prueba la manija dos veces y se aparta para que la pruebes tú mismo.
"Ya está."
Ya está guardando las herramientas.
"Tercera puerta, primera noche. Ahora ya puedes cerrarla."
Al fondo del pasillo la luz de Tarik está apagada. El bajo del escenario subía a través del suelo hasta las dos y se paró como un grifo. Ulf pliega los tornillos en el trapo, sujeta la puerta abierta con la mano apoyada en la madera y mira la placa en vez de mirarte a ti.
"Pregunta,"
dice, y es lo más que ha hablado en toda la noche.
"¿Imre ya te dio el sobre, o sigue haciéndose de rogar?"
No espera la respuesta. Te pone el trapo en la mano — el trapo, no los tornillos — y recoge la caja de herramientas.
"Quédate con ellos. Si la placa se afloja, los pones tú mismo."
Se marcha por el pasillo y no vuelve la vista para ver si entras.