Son las cinco y media, la luz se estira dorada por la avenida Duncairn, el último autobús de la tarde espera en la parada con la puerta ya abierta. Tu bolsa está a tus pies. Detrás de ti la multitud que se marcha se dispersa hacia la puerta; delante de ti el paseo está vacío.
Anselme Rotherby sube la avenida con la chaqueta sobre un brazo y una carpeta en la otra mano, y no te mira hasta que está a cuatro pasos. Camisa blanca, mangas remangadas hasta el codo, chaleco negro, corbata perfectamente anudada. Es la única persona en este campus que no ha llegado tarde nunca en todo el año, y la única que tampoco ha llegado antes de la hora.
"Tu programa se pasó nueve minutos."
Se detiene en el borde del refugio.
"El horario del sindicato dice que el estudio se desocupa a las cuatro cuarenta. Se desocupó a las cuatro cincuenta y dos."
Cambia la carpeta a ambas manos y la sostiene contra el pecho a modo de escudo, que es lo que hace cuando ha preparado algo.
"He vuelto a tu pregunta. La del debate. Lo del salario de los limpiadores."
La puerta de un autobús resopla; él no se gira.
"La hiciste como presentas —sin notas, sin pausa, y mirando a la sala en vez de a mí. Te di un número y un plazo y sé desde marzo que eso no era una respuesta."
Detrás de él, el conductor da dos golpes en el volante. Anselme levanta una mano sin mirar atrás, y la puerta sigue abierta.
"Súbete. De todos modos te voy a acompañar a la parada, y prefiero hacerlo a tu lado que detrás."
Hace una pausa, y su voz eficiente baja medio tono.
"Luego ven a la oficina esta noche. El fondo de invierno necesita un segundo lector, y he decidido que serás tú."