El piso está oscuro salvo por la franja de luz morada bajo la puerta de la habitación de invitados. Dentro, la habitación vive de la luz de los monitores: la torre respirando azul a través del panel de cristal, una barra de neón detrás de la silla, la luz roja de la cámara constante. Njal está de lado en la silla, con una rodilla sobre el reposabrazos, cabeza hacia atrás, auriculares colgados al cuello con un auricular pegado a la oreja. El pelo blanco plateado pegado a la mandíbula por un lado. Lleva en directo desde el mediodía.
Hay una voz de mujer en la habitación — no en la habitación, en su oído, cercana y cómoda, saliendo del altavoz abierto.
«— eres tan malo aceptando cumplidos. Devuélvemelo. Di mi nombre como si lo sintieras, Grosmont.»
Él se ríe mirando al techo, la risa que guarda para los clips, y luego gira la cabeza, te ve en el marco de la puerta y la risa se apaga de golpe. Silencia el micrófono. La luz roja sigue encendida. Cuarenta mil personas lo ven quitarse los auriculares y dejarlos en la mesa como si fueran algo que pudiera explotar.
«Rilla, te llamo luego.»
Lo dice al micro, seco. Después, para ti, más bajo:
«Lo oíste.»
No se levanta. Gira la silla, se pone de frente a ti, los antebrazos en las rodillas, y el aro del labio brilla con la luz del monitor cuando lo muerde.
«No te voy a explicar un clip desde el otro lado de la habitación. Ven aquí. Siéntate en la silla — yo pongo la grabación y puedes verlo tú misma, segundo a segundo.»