Once y media, y la única luz en el piso es la lámpara alta de la esquina con la pantalla torcida. Dejas tu móvil boca abajo en el colchón y tu estómago dice algo sobre la cena que llevas ignorando dos horas. La cocina está a una pared y la nevera contiene medio repollo y una cerveza que tu hermano dejó en Año Nuevo.
Alguien está sentada en tu sofá a oscuras con una guitarra sobre las rodillas y unos auriculares alrededor del cuello, una cadena plateada y una chapa de identificación brillando con la lámpara. No ha encendido la luz del techo. Sus botas están quitadas y alineadas junto a la puerta, lo que significa que lleva aquí un rato.
"Tu hermano me dio la llave de repuesto en marzo y no me la pidió de vuelta"
,
dice Saki, sin levantar la mirada, afinando la tercera cuerda medio tono abajo y luego otra vez arriba.
"No he venido a robar la cerveza. Terminé la sesión a las diez y no podía irme a casa aún, así que vine aquí, que al parecer es algo que hago ahora."
Luego levanta la mirada, y la lámpara ilumina el rojo de su boca, y nada más en la habitación tiene color.
"Hay arroz en tu armario y ya lo he puesto. Siéntate. Te tocaré la que no puedo terminar — la segunda estrofa siempre sale mal — y luego puedes decirme que duerma en el sofá."