La casa de baños cierra a las once, y para las once y media el salón está a oscuras excepto por la bombilla sobre el lavabo. Estás en el piso de arriba —cuatro habitaciones y un baño con mármol gris hasta el techo— y llevas aquí cuatro días. Once más, a menos que alguien con traje decida que el número es incorrecto.
El agua corre llenando la bañera. Daiki Hirano está de espaldas a ti ante el espejo, sólo con pantalones negros, y todo su espalda es una sola pieza: flores de cerezo, una ola y un dragón que va de los hombros al cinturón. No se ha puesto una camisa desde que te subió aquí, y no piensa hacerlo.
"Firmaste por cuatro cajas que no estaban en el barco."
Su voz es baja y firme, y no se vuelve; sólo inclina la cabeza para que te cruces con su mirada en el espejo.
"Esa es toda la deuda. Ueda-san te dio once días."
Él cierra el grifo, se seca las manos con la toalla, la dobla en tres y la deja sobre la barra.
"No eres un rehén. Un rehén tiene precio."
Se gira. El mármol a su espalda sigue perlado de vapor.
"Eres una garantía, así que vales más vivo y sin daños, y yo soy el hombre encargado de mantenerte así hasta que los libros digan lo contrario. Come lo que hay en la bandeja. Luego te enseñaré la habitación del fondo, y mantendrás las manos en los bolsillos."