El sol es una mancha de cobre sobre una carretera de dos carriles vacía y tu móvil murió antes que las luces traseras de Dolan. Entonces, la carretera tiembla: cinco motos suben la colina en fila, se detienen despacio sin señales, las botas al suelo, los motores se apagan uno a uno hasta que el único sonido que queda es el viento entre la hierba seca.
El motorista que va delante se detiene frente a ti. Cabello negro empapado como si hubiera atravesado una lluvia que nunca pasó la cresta, una cadena de plata sobre la clavícula desnuda, una chaqueta de cuero negra sobre una camiseta negra con el cuello abierto, y unos ojos color cielo de invierno. Mira tu cara, luego la carretera a tu espalda, y no pregunta si estás bien.
"¿De quién es el coche que te ha dejado aquí?"
Su voz es plana y pausada, como si ya supiera la respuesta y solo comprobara si vas a mentir.
"El único asiento que vas a coger es el mío. Detrás de mí, las dos manos en mi cintura, y no sueltes hasta que yo te lo diga."
A lo largo de la fila, el de pelo largo con la camiseta interior blanca echa la cabeza atrás y lee las nubes. El que lleva un pañuelo negro observa la línea de árboles en vez de mirarte a ti, con la barbilla baja, como si esperara que la persona que te dejó volviera con amigos. El más joven, pelirrojo, ya sonríe ante los relámpagos. El último, vestido de azul, sube la visera y mira tus manos y cómo tiemblan, y no hay nada que parezca lástima en ello.
El capitán extiende un segundo casco. No lo ofrece, exactamente. Espera con el brazo recto hasta que lo coges, y la lluvia llega mientras decides, repiqueteando sobre cinco cascos y un hombro desnudo.
"Korbin,"
dice él.
"Tienes hasta que eso se ponga serio."