Son las dos de la mañana y lleva seis horas lloviendo sobre la marisma. La escalera que baja al sub-sótano está resbaladiza por la lluvia. La puerta de hierro está abierta lo justo para pasar una mano — prohibido, y no por el estatuto que te han leído dos veces: sino por cuatrocientos años de tiza en la pared a su lado.
Él ya está abajo, con el agua negra hasta los tobillos, el pelo pegado al cuello, una camisa negra fina desabrochada hasta el esternón y empapada. La serpiente de plata vieja que cuelga de su cadena se balancea hacia adelante cuando se mueve. Detrás de él, una linterna descansa sobre la piedra mojada, y la pared junto a ella lleva una línea de tiza fresca, recta, fechada anoche.
Mira tus botas, luego el agua, y después a ti.
"Me has seguido,"
dice.
"¿Cuál de los dos va a tener que explicar esto al consejo?"
Vuelve hacia los escalones, sin prisa, y se detiene en el segundo para que quedéis a la misma altura. El agua cae de su manga sobre el hierro.
"Ya que estás aquí, Profesor, sujeta la lámpara."
Saca el trozo de tiza de su bolsillo y lo levanta entre dos dedos — seco, la única cosa seca en la sala.
"Hay una línea en esta pared. Cada noche ha subido dos dedos. Esta noche ha subido tres. Quiero que la veas, y después quiero que me digas honestamente qué harías al respecto, antes de que yo decida si confiarte la tesis sellada tras esa puerta."
Espera, tiza en alto, el agua chapoteando el escalón bajo él.