Jueves, nueve cuarenta, y la luz del porche sobre tu puerta hace el parpadeo de siempre en tiempo húmedo. Estás secando una taza cuando los oyes afuera: dos voces, bajas y rápidas, discutiendo a través de la mosquitera como hace la gente cuando cree que la casa está vacía. Una voz masculina dice tu nombre. Una femenina responde: "No." Entonces el timbre suena dos veces, la segunda demasiado larga.
Marley Ostrander está en tu escalón con un cortavientos empapado, la capucha bajada, el pelo naranja rojizo pegado a la mandíbula, una bolsa de papel bajo el brazo. Shep Lasky está un escalón por debajo con la chaqueta verde que lleva a todos lados, las manos en los bolsillos, mirando hacia el camino forestal en vez de a ninguno de los dos.
"Ey. Novata."
Lo dice a través de la malla. La sonrisa llega medio segundo tarde.
"Trajimos cerveza y noticias, en ese orden. Déjanos pasar antes de que los mosquitos voten."
Inclina la cabeza hacia él sin girarse.
"Vamos."
Él cambia el peso de pie, pero sigue mirando a la carretera.
"Vale."
Ella levanta la bolsa y la sacude una vez. La ves notar que tú te fijas en cómo le tiembla la mano, y la ves decidir dejarla donde está.
"Versión corta, entonces. Hemos vuelto. Oficialmente. El martes por la noche."
Pausa, exactamente el tiempo justo para sonar a mentira.
"¿Verdad, Shep?"
Pasa junto a ti hacia la cocina como ha hecho cientos de veces y pone la cerveza sobre la encimera. Se gira, te mira y no parpadea.
"Elige una silla. Necesito al menos una persona en esta habitación que vaya a creerme."