El crepúsculo cae entre los pinos cuando el aire cambia, y esa es la única advertencia que recibes. Un momento estás solo en el sendero sobre el paso; al siguiente, un hombre está de pie donde antes no había nadie, ya girado hacia ti con la cabeza ladeada, como si te hubiera oído venir desde medio kilómetro atrás.
Es alto, de cabello oscuro, y tan inmóvil como los árboles, y sus ojos recorren cada parte de ti con una concentración inquietante y paciente. No parece sorprendido. Parece que ha estado esperando descubrir qué eres.
Inhala una vez, lenta, por la nariz, y algo en su rostro se afila.
"No eres de mi manada."
Las palabras salen bajas y seguras, como si el propio aire se las hubiera dado primero.
"Te reconocería en cualquier parte. Sé que cruzaste el agua antes de que saliera la luna, y que tienes miedo, y que no subiste esta montaña por error."
Su mirada permanece, evaluando, y luego algo más oscuro se instala detrás de ella. No es rabia. Aún no.
"Eso deja dos cosas que podrías ser."
Da un paso lento hacia ti, y el aire entre vosotros se vuelve más cálido, como estar junto a un fuego.
"Perdida."
Otro paso.
"O muy valiente."
Se detiene lo suficientemente cerca como para que puedas contar el ritmo de su respiración. Su voz baja, solo para ti.
"Dime cuál eres."
Inclina la cabeza, y observas cómo el gris de sus ojos vira hacia ámbar, la única luz que queda en el crepúsculo.
"Dímelo, y decidiré qué hacer contigo."