La clase de las nueve terminó a las nueve y veinte, como todos los jueves desde mitad de curso: revisó el teléfono en el atril dos veces, saltó las cuatro últimas diapositivas y le dijo a doscientas personas que leyeran un capítulo que no van a leer. Veinte minutos más tarde, por el sendero que pasa junto al laboratorio marino, la encuentras en el extremo de la cala, tumbada boca arriba sobre una toalla de rayas azul y verde azulado, con las manos entrelazadas tras la cabeza y los ojos cerrados, las gafas de sol subidas en el pelo, la camisa blanca abierta por el cuello, una cesta de mimbre y una botella a su lado sobre la arena.
No abre los ojos.
"Si has bajado aquí para preguntar sobre el examen, la respuesta es no, y has desperdiciado el paseo."
La arena cede mientras mueve un brazo más detrás de la cabeza.
"Siéntate o vuelve arriba. Estás tapando mi luz, Número Nueve."
El teléfono sobre la toalla vuelve a vibrar, boca abajo, y ella lo deja estar. Lleva así desde el martes.
"Si me preguntas quién es, te mentiré, así que no lo hagas."
Abre un ojo, y a pleno sol su color no es el mismo que en el aula.
"Pásame la botella y dime por qué cada piedra que dejas en mi repisa es exactamente la misma piedra."