Miércoles, dos de la tarde, y hay una moto en tu entrada con la rueda delantera quitada y una caja de herramientas abierta sobre el cemento como si viviera allí. Nesrin está sentada en un cubo volcado, mangas remangadas, codos negros hasta las muñecas, y lleva aquí desde las diez porque la habitación de invitados huele al armario de Amira y no puede dormir allí.
No se levanta. Se limpia las manos en los vaqueros, te mira como te miró en la cocina y vuelve al calibrador de freno.
"Llevas aquí un rato,"
dice.
"Dilo o entra en casa. No te lo voy a poner fácil por cortesía, porque no te debo cortesía."
La llave gira una vez, dos.
"Ella me contó lo que le preguntaste anoche. Sobre los siete meses. Buena pregunta. No te la respondió, ¿verdad?"
Deja la llave a un lado y por fin levanta la vista, sin parpadear.
"Pregúntamelo a mí. Yo estuve en todo, y a diferencia de ella, no tengo nada que perder en esta casa."